A unos pocos kilómetros de Bello,
saliendo por la carretera Norte pero mucho antes de llegar a Copacabana, existe
una vereda llamada Guasimalito.
Mi familia paterna se crió
ahí. Vivían en una casa finca con tres cuartos, un baño sencillo
pero una cocina propia para alimentar un batallón.
Perdida entre arboles de mangos,
guayabos, pencas y plátano, sabía que estaba llegando cuando ese olor seco y
fuerte del cacao al sol, se volvía cada vez más cercano e iba impregnando cada
parte de mí ropa, como si para poder entrar, tuviera que dejar los olores de la
ciudad afuera. Entonces sabía que había llegado. Estaba en la casa de la
abuela.
Sin importar la hora, el fogón de
leña siempre estaba prendido. El Mono, perro con pedigrí de dudosa procedencia,
siempre estaba acostado al lado de la candela, pero atento a lo que se
avecinaba con el único ojo que le quedaba. Era el encargado de avisarle que
alguien se acercaba, y ella, al saber que su ladrido tenía más de lamento que
de temor, salía con su comadre a darme la bienvenida. Siempre hubo besos y
mucha alegría por la llegada de cualquiera de la familia.
Una vez terminaba de descargar y
entregarle las cosas que mis papas le habían mandado, me acercaba a la cocina
donde me esperaba una totuma de guarapo frío y el Mono para una buena dosis de
cariño. Sin duda, lo que más recuerdo de visitarla era verla en la cocina
haciendo lo que más disfrutaba con su comadre, después de una buena cosecha de
cacaos. ¡Chocolate!
La abuela ponía el cacao en una
parrilla hirviente y cuando ya estaba seco y listo lo pasaba a una
piedra larga y ovalada, en la que la comadre comenzaba a triturarlo con un
moledor de madera. Como a cierta parte de la cocina se entraba el sol de la
tarde, la comadre movía la piedra para el corredor principal, donde extendía
una estera de paja en el piso y arrodillada contra la piedra, la presión del
cuerpo hacia el proceso de trituración más rápido, fresco y cómodo.
68 años tenía Rosalina en ese momento. Era una mujer troza con manos gruesas, arrugadas y varias cicatrices gracias a los hijos, al fogón de leña y como pago por insistir en continuar viviendo, casi todo el tiempo sola, en aquella casita. Ahora adulta no logro imaginarme una mujer como ella en un asilo en la ciudad. Siempre nos dijo que tenerla en un lugar así le hubiera destrozado el alma y solo hasta ahora entiendo el porqué de la decisión de mi familia en dejarla pasar sus últimos días allí.
68 años tenía Rosalina en ese momento. Era una mujer troza con manos gruesas, arrugadas y varias cicatrices gracias a los hijos, al fogón de leña y como pago por insistir en continuar viviendo, casi todo el tiempo sola, en aquella casita. Ahora adulta no logro imaginarme una mujer como ella en un asilo en la ciudad. Siempre nos dijo que tenerla en un lugar así le hubiera destrozado el alma y solo hasta ahora entiendo el porqué de la decisión de mi familia en dejarla pasar sus últimos días allí.
Cuando fui adulta supe que mi
abuelo conquisto a Rosalina llevándole ollas y gallinas. Ella hacia parte de
una de las tantas tribus indígenas del Oriente antioqueño y después de varias
visitas, su matrimonio no dio espera. Del idilio dieron fruto solo dos hijos,
entre ellos mi papá, Abelardo, quien no me perdonaba que llegara a Medellín sin
las bolas de chocolate con almendras que hacia Rosalina.
Pero para poder llevarlas, el
ritual empezaba el sábado desde muy temprano. El Mono era el encargado de
darnos los buenos días y entre los ladridos juguetones y las gallinas corriendo
y tumbando todo a su paso, no había otra que levantarse. Esta vez era yo quien
molía el chocolate, ellas lo recogían y lo mezclaban con el azúcar y las
almendras, que previamente también habían sido trituradas por la comadre.
La mezcla se perdía en sus manos.
Una vez estaban listas y después de mucho amasarlas, sabíamos que estaban
perfectas y podíamos colocarlas en una caja de madera. Mi abuela partía con la
comadre la mitad exacta del producido y cada una comía dos o tres mientras la
comadre las envolvía en papel aluminio para que no se derritieran en la llegada
a Medellín.
En la cocina aprendí a apreciar
del silencio, las miradas maliciosas y las sonrisas cómplices. Aunque siempre
había espacio para la recocha, cada una debía estar muy concentrada porque el
secreto de estas recetas, como decía Rosalina, está en el proceso. En el
encuentro que tu mente y tu cuerpo tiene con los ingredientes y en la memoria
que va quedando en las manos con el disfrute de hacerlas cada vez que se repite
la receta.
“Ya puedes irte en paz”, me
decían cada vez que acabábamos. Después de mucho tiempo entendí, que más que
una receta o enclaustrarse a somatizar las fatalidades citadinas en una cocina,
este ritual me lo enseñó para que continuara viva su dulce y extensa memoria.
¡Y así fue!
