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Todo va demasiado rápido.
El corazón y el pulso se aceleran
y veo luces blancas diminutas a mí alrededor. Luces hermosas que aparecen y
desaparecen en un segundo como estrellas y me alertan que debo sentarme lo más
pronto posible o caeré.
Todo deja de importar y los
pensamientos que me acompañan de pronto se van. Miro a mi alrededor para
buscar algo en que apoyarme. Sin aviso, el bolso se convierte en una pesa de
cien kilos, la chaqueta son otros cien y las botas de invierno aprietan más que
de costumbre.
Bajo el bolso al piso y
desabrocho los botones de la chaqueta.
Intento mantener la calma para no
llamar la atención, pero sé que se trata de esos episodios de los que me
advirtió la doctora en Colombia.
Siento que la temperatura de mi
cuerpo comienza a cambiar. Todo se pone caliente, mis piernas y mis manos se
hinchan, encalambran y duelen mucho. Siento que debo cerrar los ojos y no parar
de respirar.
La respiración es pesada y me duele el pecho, la cabeza y
si es posible imaginarlo, el alma también. ¿Por qué? No sé.
No hay sillas disponibles.
Maldita sea! estoy sudando... mi cabeza se apoya en la ventana de la puerta del
metro y lo mejor que puedo hacer es cerrar los ojos.
Afortunadamente la velocidad del
tren disminuye, parece que llegamos a una estación y siento que puedo subir el
bolso de nuevo y buscar la botella de agua que Diego empacó en mi bolso antes de salir. Tomo un poco y trato de
hacer más profunda la respiración.
Parece que está
pasando, ahora al menos puedo abrir los ojos y siento el sudor frío bajar por
mi rostro. Las estrellas se van, los calambres comienzan a detenerse y solo
queda la pesadez y un ligero dolor en las piernas.
Una silla,
gracias a dios… me siento y todo mi cuerpo parece adherirse a la pasta plástica.
¿Qué diablos fue
eso?
Lo único que
pienso es en el trayecto que debo caminar del metro a la escuela de francés.
Siento miedo de caerme y aporrear al bebé, miedo de no entender qué pasó y que
sin previo aviso o control, vuelva a suceder.
Finalmente mi
estación.
Debo bajarme y
enfrentar esta mierda.
Recuerdo que me
limpié la frente con un pañito húmedo, cerré la chaqueta y caminé lento. Cuando
salí de la estación bajé la capucha para sentir el viento y la nieve en mi
cara. Que delicia! Los copos se derriten en mi cara, me refrescan y todo parece
volver a la normalidad.
Esta vez pude
con todo. Recuperé el control de mi cuerpo en un instante, pero con el alma,
esa es otra historia. Este episodio fue el aviso, fue la llegada de una
tristeza que se instaló hasta hace poco sin permiso.
