jueves, 15 de marzo de 2012

Suspiro

Quisiera poder abrazarte hasta que nuestros brazos se cansen de luchar por mantenerse juntos.
También quisiera poder besarte hasta que se me hinchen los labios.
¡Pero no puedo mentirte! Por estos días disfruto de tu ausencia, pues ahora, prefiero imaginarte que sufrirte.
Me consuela saber que existes y aunque por ahora sea en lo más recóndito de mis pensamientos, espero que llegue un momento en el que las fuerzas cósmicas o los rumbos de esta vida loca… ¡como prefieras llamarlo! nos junten por fin y podamos simplemente dormir bajo ese cielo alcahueta, al que no se le puede negar nada y lo permite todo.

sábado, 10 de marzo de 2012

En el Oriente está guardada una Concha preciosa


Al recorrer las diversas carreteras de esta extensa Antioquia, una colcha de retazos de diversos colores, acompaña y alegra el recorrido. 

El verde es el principal color. 
Amarillos, morados, rojos, todos colores vivos, representan que aún en esta época de globalización y “progreso”, prevalece una forma de vida campesina que ya cansada de la violencia, el desplazamiento y los abusos, retorna a sus tierras para comenzar de nuevo.

El Oriente antioqueño ha sido protagonista de ese retorno, es una de las regiones que más ha sufrido de las consecuencias de la violencia y cada uno de sus municipios está desarrollando estrategias para poder garantizar una vida digna a sus nativos. 
A 75 kilómetros de la ciudad de Medellín se encuentra el municipio de Concepción, o La Concha, como coloquialmente se le conoce. Este pueblo posee una extensión de 167 kilómetros cuadrados, limita en el norte con los municipios de Barbosa y Santo Domingo, por el este con Alejandría, por el sur con El Peñol y San Vicente, y por el oeste con Barbosa.

Inicialmente este territorio estaba ocupado por indígenas tahamíes y caribes y al descubrir que entre sus montañas había oro, llegaron pobladores colonos sobretodo de Santa Fe de Antioquia hace 300 años, para aprovechar las minas y asentarse en el lugar. Hoy se conoce como Concepción, la nombraron Real de Minas de la Inmaculada Concepción y con el tiempo el nombre se transformado de tal manera, que en terminales de trasporte solo le entienden si dice que va para La Concha.

Uno de los personajes más representativos que llegaron, era el capitán español Diego Fernández de Barbosa, por quien más adelante se le atribuiría al lugar el nombre de Hatillo de Barbosa o Potrero de Barbosa. Nombres que en la actualidad, comparten algunas localidades vecinas. Otra de las particularidades que tiene la historia de Concepción, y que va a ser determinante en el nacimiento y desarrollo de su identidad, es que dentro de esos colonos había muchos devotos de la Virgen de la Inmaculada Concepción. Va a ser en honor a ella que van a nombrar algunas de las minas y más adelante, al pueblo como tal.

Llegar
Una brisa suave es la encargada de dar la bienvenida cuando al llegar, uno se enfrenta con un pueblo impecable y tranquilo. El sonido de los pájaros y la sensación de respirar un aire diferente al de la ciudad, es clave para olvidar el trayecto de casi de dos horas por la carretera destapada.
Pero Concepción tiene varios problemas. El acceso al pueblo es grave y aunque se han mandando peticiones a la Gobernación para mejorar y pavimentar la carretera Medellín-Concepción, este es un tema algo utópico del que la gente prefiere no hablar demasiado, ya sea por temor a lo que representaría tener que fortalecerse en turismo, o por la tristeza que les da saber que no son una prioridad para el departamento de Antioquia.

“La pavimentación de las carreteras que nos unen a Medellín por San Vicente y por Barbosa, han sido un anhelo de nuestro pueblo que siempre se ha visto frustrado por la desidia de los anteriores gobernadores”, expresa José Toblas Salazar, periodista del periódico La Concha.
El camino es intransitable y en invierno empeora dejando al pueblo incomunicado. Lo que se pide en la actualidad es que la carretera sea ampliada y pavimentada, de manera que pueda transitarse con tranquilidad y no se afecte ni el transporte, ni las comunicaciones.
“Esta petición ha quedado en el vacío hasta este momento. Las administraciones pasadas siempre nos han prometido solución al problema, pero se han olvidado pronto de nuestra evidente y urgente necesidad”, finaliza el periodista.  
En teoría viven 4.500 habitantes en La Concha. Personas tímidas pero al mismo tiempo amables que no tienen ningún reparo en prestar algún servicio a quienes llegan. Una de las impresiones al llegar, es la evidente falta de carros, adultos, niños y de jóvenes, menos.   
Como si fuera poco, este municipio cuenta con hermosos paisajes, la plaza colonial más linda del Oriente antioqueno e historias populares que tanto añoramos los paisas; pero por las actuales vías no se puede pensar en turismo, ni en comercio, ni en desarrollo económico o social.
A la plaza la compone una arquitectura colonial que desde 1771 prevalece y logra mimetizarse de tal manera, que uno cree estar en un sueño. Casas de techos altos y balcones anchos de todos los colores, es la continuación a la relajación visual.
Hay muy buenos recuerdos de la gente y por un momento, tanto por la topografía, como por la manera en la que hablan de su pueblo, podría compararse ese paisaje y sus habitantes con la película y los personajes de “Qué verde era mi valle”, de John Ford.  Es un ambiente placido, sin duda un lugar para tener hijos.  Pero desafortunadamente el problema además de las vías, es que en la actualidad tienen un grave problema social con los niños y jóvenes. 
“Desde hace cinco años se está viendo mucha droga. No hay voluntad de las autoridades para brindarles oportunidades a los jóvenes y actividades a los niños. La mayoría de la gente que vive aquí, no tiene el dinero suficiente para enviar a los muchachos a estudiar a Medellín cuando terminan el bachillerato y esto produce demasiado tiempo libre”, opina Gabriela Zuluaga, habitante de La Concha.
Aunque la mayoría de la población la componen viejos de sombrero y pocho o señoras bajitas y recatadas, de vez en cuando un niño o una joven pasa y rompe con la cotidianidad. Lo que da mucho qué pensar, es que debido a la falta de espacios y actividades culturales y educativas, tanto niños como jóvenes desarrollan oficios y actividades de adultos. El problema no es de infraestructura, todas las veredas tienen escuelas; las dificultades se evidencian en los pocos proyectos que hay para los jóvenes con el agro, haciendo que estos ya no quieren estar o trabajar el campo.
“Ahora estudio, tengo 15 años y estoy en octavo. En mis tiempos libres me dedico a la minería en Catea, pero hay muchos amigos míos que están metidos con droga y están empezando a robar en las casas para poder consumir, Ese fue un regalo que nos dejaron los paramilitares”, expresa  Gabriel Valencia, joven del pueblo.
Volver
Debido a la situación de violencia inicialmente con la guerrilla y después con los paramilitares, la dinámica social de Concepción es compleja y aún no se recupera. Cuando las masacres empezaron había 7.500 personas viviendo en el pueblo. Ahora, entre los que permanecieron y han ido llegando con la esperanza de establecerse y comenzar una nueva vida, hay alrededor de 4.500 habitantes.
“El conflicto aquí tuvo varias particularidades; en la etapa final a la gente le tocó sobrevivir al bloque Metro, el Cacique Nutibara y Héroes de Granada. Cada uno de esos bloques paramilitares tuvo incidencia en las masacres, desplazamiento y el conflicto”, comenta Haicer Orozco, Personero de Concepción.  
Sin embargo, según el Personero, en Concepción no se dio despojo de tierras; los casos de desplazamiento fueron aislados y ninguno de los procesos de violencia es comparable con otros lugares del departamento, como San Carlos, San Luis o Granada.
Las razones que más pesan para el retorno, son la tranquilidad, el silencio, los paisajes, la arquitectura colonial, los ríos y volver al terruño. Las personas se están devolviendo por que creen que es un buen lugar para estar tranquilos.

Parece mentira que todavía existan lugares donde el tiempo parece detenerse. Pero al no tener una buena oferta de empleo, la gente trabaja y vive con las “uñas” y los borrachos, recostados en las calles evidencian un problema social al que hay que ponerle atención. 

La poca producción es para suplir la alimentación básica, lo que sobra va a las tiendas del pueblo; la otra posibilidad de trabajo sería la minería y la elaboración de textiles, pero todos estos son empleos informales que no generan mayores ingresos. 
Concepción todavía es un pueblo conservador en sus tradiciones y liberal en su política, donde además se le teme al turista y se le considera el peor de los depredadores. Sus habitantes esperan que al problema de los jóvenes y a las carreteras se le preste atención y que a más tardar este año, las dinámicas empiecen a cambiar para mejorar.
“Como pintor, yo decidí regresar por la tranquilidad y porque vivir en un pueblo es más económico, sobretodo ahora que tengo una niña; pero Concepción tiene muchos problemas ahora, y en mi caso, no es que no esté de acuerdo con fortalecer el turismo, pero opino que primero debería desarrollarse una cultura turística para la población, y después sí pensar en arreglar las carreteras”, finaliza Rafael García, artista y habitante del La Concha.

lunes, 6 de febrero de 2012

Un recuerdo elevado

Elevar un cometa no sería posible sin una mañana clara y abierta como lo estaba este domingo. Después de tanta lluvia, pensé que iba tener que cambiar de idea, pero al ver los rayos de aquel sol intenso, la luz fue el pie derecho con el que el día comenzó. 

El parque Juanes de la Paz sería el lugar indicado para intentarlo. Nos ubicamos en el barrio Castilla y aunque no somos expertos, ver los niños con sus padres, los abuelos enternecidos, los amigos, todos unidos en una sola idea, dije: al carajo, vamos a elevar esa cometa. Fue inevitable, me dieron ganas y un montón de recuerdos de mi niñez invadieron mi cabeza por los minutos en que mi hijo, negociaba con un vendedor local la de nosotros.

Al mirar al cielo, una explosión de colores me dejaron sin aliento. De fondo teníamos un cielo azul y medio despejado, las nubes se abrían con todo tipo de colores y le daba una decoración especial al lugar. Amarillos, verdes, rojos, naranjados, todos unidos para darle vida a ese viento juguetón que movía las cometas de un lado para otro.

Me dispongo pues a elevar mi cometa. “Cuidado con las lámparas de luz” me grita sonriente un señor con cara de experimentado al ver mi cara de, “cómo diablos se eleva esto”.

Al ver los cadáveres de cometas que un día intentaron volar, pero que quedaron presas en las lámparas de luz, me asusto un poco. Mi hijo, con más idea que yo sobre el asunto, la abre, la desenvuelve con sumo cuidado y entre los dos comenzamos a soltar la pita para empezar a correr.

De color azul rey, apenas el viento llega a donde estamos ubicados y toca sus lados, ella se mantiene firme y con ganas de subir.

Un recuerdo se hace presente mientras veo a mi hijo. Cuando pequeña mi único tío nos llevaba a una manga ubicada en un morro cerca de casa (Calasanz) para hacer lo mismo. Mi tío se fumaba un cigarrillo extraño y mis primos y yo corríamos y gritábamos como locos incontenibles cuando se elevaban las cometas.

Ante tanta libertad y tranquilidad otra vez presente, solo puedo sonreír e intentar que esa nueva generación reproduzca recuerdos iguales o incluso mejores que los míos. Al final del día ya nadie daba un peso por nosotros de lo sucios y cansados que terminábamos, nos recostábamos en la manga a observar las nubes y a identificar que formas contenían.

Debido a la inseguridad nunca pudimos volver al morro de mi barrio los domingos. Cuando ya las cosas habían mejorado, el tío nos seguía proponiendo el "parche", pero éramos adolescentes tan ocupados con los novios y novias, que ir a elevar cometas era muy “boleta”.

Así fue como la costumbre fue olvidándose, el tío nunca más volvió a insistir hasta este domingo en el que José lo invitó y él no podía de la emoción.

Un nudo insoportable se convierte en motivo de frustración para mí y para José. Después de un rato, entre los dos intentamos de nuevo. Pensamos, “una cometa sencilla como la que teníamos no va llegar al cielo”, pero cuando por fin se elevo y cada vez pedía más pita para seguir subiendo, nos miramos y sonreímos como si fuéramos los dos un par de niños, quien más allá de pensar en el método indicado, simplemente goza de una cosa tan sencilla, de una experiencia que no vale más de dos mil pesos y que en mi caso, logra contagiarme esa sensación de libertad cuando al verla, está cada vez más firme y cerca al sol.

No hay una forma adecuada en este momento para describir lo feliz que me siento, al estar con mi hijo de tres años y sentir por un momento lo mismo que cuando era niña. Aunque fue por un instante, sentí las mismas sensaciones de felicidad, susto, impotencia o alegría, cuando la condenada cometa azul rey parece tocar las nubes y no quiere obedecer a la pita.

Como es de esperarse por estos días, una gota pequeña y suave de agua cae en mi cara para anunciarme que la lluvia llegará pronto. A medida que la cometa desciende, con ella también bajo yo a la realidad, pero a diferencia de la llegada, con un muy buen humor le anuncio a mi hijo que es hora de irnos.

Sara volvió a ser niña, pero también mamá. Una niña mamá que no puede permitirse gripas o catarros, así que recogemos a toda prisa la pita y envolviéndola lenta y con cuidado, la enrollamos y la guardamos en la maleta con la promesa de volver.


El rincón del zapatero

Jorge Alberto Torres está próximo a cumplir 47 años y 22 de ellos, los ha dedicado a ser zapatero en el barrio Calasanz.
“Cuando chiquito quería ser grande. No mentiras, quería ser conductor”, dice con algo de humor melancólico por su próximo cumpleaños, mientras pega con sumo cuidado el cuero de una sandalia.  
Jorge nació el 20 de octubre de 1964 en Medellín. Actualmente vive en Manrique Oriental junto a su esposa Marina Garzón y su hija de 22 años, Jenny Cristina. Ellas son motivo de alegría y compromiso. Jorge cuenta que no hay mayor satisfacción que llegar a la casa y al menos poder tomarse una aguapanela con ellas. 
Entre la pulidora, ampliadora y máquina de coser, todos los días se comen el almuerzo frío, y hay que verlo, porque que en compañía es de esas comidas que no sabe maluco. Es frío por que a la hora del almuerzo precisamente es que llegan muchas clientas a dejar o reclamar pedidos. "Maluco que lo encuentren a uno oliendo a huevo y papa". 

Este es un oficio que practica desde los 13 años. Sin mucho dinero en el hogar, Jorge y casi todos sus hermanos, se vieron en la obligación de dejar los carros y aprender un oficio para ayudar con la economía del hogar a su mamá. Empezó en una fábrica de calzado y allí aprendió todo lo que sabe y lo que le permitió hacer más adelante su propio negocio.
Como una persona rebuscadora, trabajó como conductor de taxi durante algunos años. “Una cosa o la otra. Había que pensar en la gasolina, llantas, el mecánico, repuestos y no alcanzaba a cubrir todos los gastos, así que mejor me dediqué a esto y hasta ahora, no me arrepiento”.
Jorge trabaja todos los días de 10:00 am a 7:00 pm, menos los días que tiene que ir a comprar suministros a las peleterías en el Pasaje Comercial Coltejer, en el centro de Medellín. Ese es un día especial para relajarse y ver qué está pasando en la ciudad. 
Durante veinte años, estuvo ubicado entre la esquina de la Unidad Residencial Olivenza y Cerros del Escorial en Calasanz. “La vida en una esquina es muy dura, uno al sol y al agua reza para que nada de lo que me habían mandado a arreglar no se moje o se dañe. Eso es muy berraco”.
“Yo creo que hay cosas en esta sociedad que no están bien. Por ejemplo, vivir bien es muy peligroso. El día en que espacio público llegó, se les recibió de buena manera y después de un rato les dije: ¿por qué no van y molestan a los que matan y roban, porque molestan al que está ganándose la papita honradamente? y después de unas cuantas vueltas, como si nada, me dijeron que no volviera hacerme ahí o que se me llevaban las cosas”.

Pero un día la vida de Jorge cambió. “Una clienta recurrente pasó y me dijo que hablara con el padre Hernán de Jesús Sánchez, que por esos días era el que estaba como sacerdote en la iglesia Don Matías. Yo pasé y él me dijo que habían adecuado un lugar y que si quería, organizara las cositas aquí”.
Así que desde hace unos años organizó las cosas y se apropió de este espacio pagando 130.000 mil pesos mensuales hasta entonces. 
“La gente en el barrios es buena paga, traen de todo tipo de zapatos, tenis, sandalias, tacones, correas. También trabajamos con cuero, porque una persona que es guerrera no se le arruga a nada”, termina de explicar Jorge.   
A la vista un cartel de colores llamativos se expone: reparación de calzado. Anchada pegada, costura, cierre y tintura. Trabajo garantizado. Jorge Torres 3105376476.