lunes, 6 de febrero de 2012

Un recuerdo elevado

Elevar un cometa no sería posible sin una mañana clara y abierta como lo estaba este domingo. Después de tanta lluvia, pensé que iba tener que cambiar de idea, pero al ver los rayos de aquel sol intenso, la luz fue el pie derecho con el que el día comenzó. 

El parque Juanes de la Paz sería el lugar indicado para intentarlo. Nos ubicamos en el barrio Castilla y aunque no somos expertos, ver los niños con sus padres, los abuelos enternecidos, los amigos, todos unidos en una sola idea, dije: al carajo, vamos a elevar esa cometa. Fue inevitable, me dieron ganas y un montón de recuerdos de mi niñez invadieron mi cabeza por los minutos en que mi hijo, negociaba con un vendedor local la de nosotros.

Al mirar al cielo, una explosión de colores me dejaron sin aliento. De fondo teníamos un cielo azul y medio despejado, las nubes se abrían con todo tipo de colores y le daba una decoración especial al lugar. Amarillos, verdes, rojos, naranjados, todos unidos para darle vida a ese viento juguetón que movía las cometas de un lado para otro.

Me dispongo pues a elevar mi cometa. “Cuidado con las lámparas de luz” me grita sonriente un señor con cara de experimentado al ver mi cara de, “cómo diablos se eleva esto”.

Al ver los cadáveres de cometas que un día intentaron volar, pero que quedaron presas en las lámparas de luz, me asusto un poco. Mi hijo, con más idea que yo sobre el asunto, la abre, la desenvuelve con sumo cuidado y entre los dos comenzamos a soltar la pita para empezar a correr.

De color azul rey, apenas el viento llega a donde estamos ubicados y toca sus lados, ella se mantiene firme y con ganas de subir.

Un recuerdo se hace presente mientras veo a mi hijo. Cuando pequeña mi único tío nos llevaba a una manga ubicada en un morro cerca de casa (Calasanz) para hacer lo mismo. Mi tío se fumaba un cigarrillo extraño y mis primos y yo corríamos y gritábamos como locos incontenibles cuando se elevaban las cometas.

Ante tanta libertad y tranquilidad otra vez presente, solo puedo sonreír e intentar que esa nueva generación reproduzca recuerdos iguales o incluso mejores que los míos. Al final del día ya nadie daba un peso por nosotros de lo sucios y cansados que terminábamos, nos recostábamos en la manga a observar las nubes y a identificar que formas contenían.

Debido a la inseguridad nunca pudimos volver al morro de mi barrio los domingos. Cuando ya las cosas habían mejorado, el tío nos seguía proponiendo el "parche", pero éramos adolescentes tan ocupados con los novios y novias, que ir a elevar cometas era muy “boleta”.

Así fue como la costumbre fue olvidándose, el tío nunca más volvió a insistir hasta este domingo en el que José lo invitó y él no podía de la emoción.

Un nudo insoportable se convierte en motivo de frustración para mí y para José. Después de un rato, entre los dos intentamos de nuevo. Pensamos, “una cometa sencilla como la que teníamos no va llegar al cielo”, pero cuando por fin se elevo y cada vez pedía más pita para seguir subiendo, nos miramos y sonreímos como si fuéramos los dos un par de niños, quien más allá de pensar en el método indicado, simplemente goza de una cosa tan sencilla, de una experiencia que no vale más de dos mil pesos y que en mi caso, logra contagiarme esa sensación de libertad cuando al verla, está cada vez más firme y cerca al sol.

No hay una forma adecuada en este momento para describir lo feliz que me siento, al estar con mi hijo de tres años y sentir por un momento lo mismo que cuando era niña. Aunque fue por un instante, sentí las mismas sensaciones de felicidad, susto, impotencia o alegría, cuando la condenada cometa azul rey parece tocar las nubes y no quiere obedecer a la pita.

Como es de esperarse por estos días, una gota pequeña y suave de agua cae en mi cara para anunciarme que la lluvia llegará pronto. A medida que la cometa desciende, con ella también bajo yo a la realidad, pero a diferencia de la llegada, con un muy buen humor le anuncio a mi hijo que es hora de irnos.

Sara volvió a ser niña, pero también mamá. Una niña mamá que no puede permitirse gripas o catarros, así que recogemos a toda prisa la pita y envolviéndola lenta y con cuidado, la enrollamos y la guardamos en la maleta con la promesa de volver.


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