jueves, 24 de febrero de 2011

Pasaje Comercial Colombia

En la mañana
De camino empedrado y con olor a buñuelos, tinto y cigarrillo Royal, se siente un buen ambiente desde que entras en el Pasaje Comercial de Colombia. Hombres adultos, pensionados la mayoría y ancianos de todos los tamaños, caminan pausadamente en busca de una de las tiendas de donde sale semejante olor. “Don, cafecito con leche recién hecho a mil pesitos”.
“Mete la mano en el bolsillo, saca y abre tu cuchillo y ten cuidado” Con crucigrama debajo del hombro, “Rambo” de 47 años, y un metro y medio de estatura, canta mientras organiza el chuzo. De pantalón Ecko, camisa con letrero de Pepsi y tenis anchos, este hombre todos los días llega a las siete de la mañana a  vender minutos, servir tintos a los que pasen, y para los que se quieran quedar también. “Eso sí, que no me vayan a sacar la rabia porque se me sale ese porro que me fumé antes de llegar al camello”.
El paisaje se contradice cuando al lado de semejante sujeto, se para otro de los vendedores, que para mi sorpresa, tiene aspecto de poeta de los ochenta y llega saludando a “Rambo” muy amable. Acto seguido, y después de una pequeña conversación, se sienta de carrizo a su lado y de meñique parado para tomar tinto, luego se sumerge  en la tercera cadeneta de croché que realiza desde hace un mes, hasta que llegue alguien a comprarle alguna cosita.

A lo lejos y por la resonancia de un micrófono se escucha “banano, banano, aguacate, mandarina, manzana. Párenlo, párenlo, que esto es todo un salpicón”.
Los amigos que llegan a conversar con “Rambo”, le cogen el pelo por una de las colas del siete pronunciado y que a simple vista, deja ver que no hay bálsamo para suavizar, pero que el jabón de tierra es de buena calidad… “garantizado mijo, donde le diga”
Crucigramas sueltos y periódicos enteros o los lustra botas varios que se arriman a la cafetería Cuquies, todo lo que pasa decora el lugar y lo hace acogedor. De vez en cuando pasan mujeres, la mayoría de ellas empleadas que van para el banco o vendedoras de algún local. Por ser tan escasas, son la sensación en la mañana y motivo de alegría para uno que otro viejito madrugador. De pronto, una de ellas, por que se mantienen en combo, se arrima a una de las tantas tiendas en las que se arreglan relojes. Casualmente,  todas las tienditas, aproximadamente veinte en todo el pasaje de La Candelaria, ofrecen los mismos servicios: Plastificación al calor, pilas para reloj, tarjetas prepago, cambiar pilas y baterías.
Nadie grita en este pasaje a no ser que sea vendedor. Éste es un sector conocido por ser tranquilo y más bien calmado en la mañana y al medio día.

En la tarde
Con El Tragadero a medio llenar y al frente del bien cuidado Banco Popular. De una flauta dulce sale un sonido de los mismísimos infiernos o cielos peruanos. Con melodías animadas y melancólicas y acompañadas por una grabadora MP3 SONICO, y una cobija negra llena de CDS de música del sur, la gente va pasando. Algunos transeúntes se detienen, los miran, se arriman. “Puede mirar amigo, ¿cuál le gusta? Conoce esa de Roberto Carlos, a mí me mata".

Hombres de miradas tranquilas y movimientos pausados componen todo el Pasaje de Colombia.  Cuando un prospecto de comprador se arrima, todos ellos se transforman, “lo que pida se le tiene, y lo que no, se le consigue mono”. Parecen grillos saltando de un lado a otro, eso sí, respetando el comprador del compañero. Maletines de todos los colores, formas y tamaños, se exhiben en recibidores y carritos de bolsos, como uno de sus vendedores le dice de cariño. “Entonces ¿este qué? ¿Lo descartamos o se lo empaco? ¡Hay más colores!” Cuando no hay más compradores alrededor, se reúnen entre los distintos vendedores como si fueran viejitas chismosas y dicen, “entonces qué, ¿a cuánto se lo dejó a ese cucho?”
En la frontera con Junín, Compraventa Dominó y Fruty pan, tienen la supremacía de la esquina. Camisetas, bolsos, arepas de pescado, Escape, Primorosa, y los elegantes zapatos de Excepciones, decoran la mitad del pasaje. De pronto, al frente de uno de los pocos árboles que decoran el lugar, una joven indígena acompañada por 3 niños pequeños de 4, 3 y 2 años, espera con total calma una limosna.   
Junto a un árbol, el segundo desde que empieza el Pasaje por Junín y cargada con un litro de agua en un embase de Coca Cola, la indígena riega a sus niños, que desnudos, comienzan a estregarse rápidamente con las manos. Algunos caminantes pasan escandalizados por la escena, otros, sonríen de solo ver como los tres niños a la vez, se sacuden como pollitos con frío, gritan quién sabe qué cosas en su idioma, y tratan de buscar calor los unos contra los otros, cuando ya están secos y vestidos. Carmelina, Álvaro y Yolanda, ya hacen parte de la calle. Todos los vendedores los conocen y más de uno quisiera adoptarlos, como doña Nelly, vendedora de minutos, cigarrillos y mecato variado. Al lado del árbol, un aviso amarillo anuncia lo siguiente: Oferta Éxito. Combo pescado especial, trucha, arroz, ensalada, jugo en agua o gaseosa $12.700
La arreglada de los niños acaba y como ya son más de las 4:00 P.m. es hora de que llegue el papá y se los lleve.  Sonia, la joven indígena y mamá, le  entrega el dinero recogido en el transcurso del día a penas lo ve. Doña Nelly se despide de los niños “usted es muy bonita, y ojo pues Álvaro, se tiene que portar bien con la mamá y las hermanitas” les regala las imploradas galletas y ellos contentos, siguen a sus padres quienes cogen camino por el Parque Berrío y se van difuminando en la calle y con el movimiento de los carros.


En la noche
Unas hojas verdes parecen estancar el sonido que minuto a minuto comienza a ser más pesado. Las monedas que salen de las máquinas del Casino El Piraña, dan alegrías infinitas a un hombre, a quien desde la calle se le escucha celebrar. Debajo de luces de neón, una de las meseras, de falda corta y escote pronunciado, se para junto al señor como si no creyera lo que está pasando. Al lado, el celador de Colpatría, un hombre grande y de aspecto varonil, mira coquetamente a una de las vendedoras de El Pasaje de las Blusas, todo a 10.000. Con un silbido coqueto, otra de las vendedoras, encargada de aplaudir  y ofrecer la promoción, la llama. “Vea Sandra, “El Tuso” la está llamando”. Sandra sale rápidamente, le dice unas cuantas cosas al oído y vuelve a entrar al local nerviosa por algún reclamo. El vigilante, contento, se mete en el banco y hasta las 9:30 P.M.  La espera para irse juntos y agarrarle las manos apenas voltean la esquina.
Hogar y moda, crédito fácil, empieza a cerrar a las 6 de la noche al igual, que Verano es Moda y Remates de Panamá, variedad de artículos para el hogar y cacharrería en general- calle 50 # 49-75. El tragadero está sólo por fin,  y las cajeras miran desesperadas al jefe, que con paciencia increíble hace la contabilidad de semejante negocio redondo.
El sonido de las llantas de los carritos de bolsos comienza a despejar el Pasaje.
De pronto, la gente comienza a caminar y moverse más rápido, las vendedoras de minutos a celular comienzan a irse, las bolsas de los caminantes suenan más fuerte que a cualquier hora del día. Como si la coca del almuerzo estuviera llena todavía, como si en esas bolsas cargaran todo el cansancio acumulado de un largo día de trabajo.
En el Pasaje pareciera que no pasa nada, pero por él, pasa mucha gente, pasan historias y momentos cruciales de conversaciones ajenas que me interesa escuchar “por ahí a las 11” “¿está buena no?” “tranquilo, yo lo llamo más tardecito” “remate, lleve las cuatro mandarinas por mil”.
Los vigilantes, que no pertenecen a ninguna empresa de vigilancia, pero que son vigilantes desde hace catorce años en la zona, llegan a ver como quedó el lugar. Si está aseado, si ya se fueron todos los vendedores de relojes, si ya cerraron los almacenes de ropa y si los vendedores de libros ya guardaron bien en la cafetería Cuquies. Con grabadora en mano, escuchan Los Voceros de Cristo y en su llegada, le dan vida  a un personaje que había pasado desapercibido para mí, durante varios días. De tenis Lotto medio rotos y sucios y después de haber descansado todo el día en las rejas del Banco Popular, un hombre gordo y de mirada extraviada, se levanta.
11:30 P.M
“Mire señora agarre bien su cartera, no conoce este barrio, aquí asaltan a cualquiera”.
De ojos y cabellos negros, el que se levantó, al igual que Sonia, utiliza una botella llena de agua. Esta vez, un embase de Postobón con agua y un jabón que le entregan los vigilantes que no son vigilantes, es lo que posee para proceder a su baño nocturno, que según cuentan, es todos los días. Con una toalla verde clara, este hombre empieza a echarse agua desde los cabellos hasta los pies. Se enjabona, se estrega y como si estuviera en la ducha de la mismísima reina Isabel, lo hace con una tranquilidad auténtica, envidiable. Después de 10 minutos y ubicado en el mismo lugar donde los peruanos en algún momento tocaron la quena, el pasto, el quenacho o la zampoña, este hombre ya está ya bañado y listo para ir a comer algo al Pasaje de la Bastilla, donde dicen también, que su hermana tiene un negocio de pollo y que a eso se le debe la barriguita.
Es increíble ver, como lo que es cafetería en la mañana, en las noches se convierte en discoteca. Cambian los públicos y cambian los productos que se consumen, cambian las pintas y es el momento en el que más mujeres hay. Jóvenes, catanas, viudas, desplazadas, niñas, todas saben quiénes son, entre todas se cuidan y como los vendedores de bolsos, no se quitan el trabajo.

Escogí el Pasaje Colombia, porque su olor a mango biche me detuvo después de mucho caminar, porque para ser un lugar de paso me parece que tiene mucha vida y porque nunca encontré el mango biche que me llamó. La elegí, porque cuando me detuve los primeros rostros que vi, me parecieron amigables y me sentí segura.
Y así, en medio de salsa y vallenato, por fin yo también desaparezco. Me queda un bonito recuerdo, y me quedan las ganas de volver. Creo que lo que más me gustó, fue ver cómo van llegando, como se van quedando y como se van llendo las personas que la viven cada día. Día y noche para esa calle luna, calle sol.

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