lunes, 21 de marzo de 2011

La Diabla

Los que frecuentan el lugar la conocen como "La Diabla". 
Su nombre original es: María Miriam Romero, mide 1.50, su cabello es castaño oscuro y le gusta la lencería de cuero y los tacones de punta de aguja.
En los rígidos y helados tubos del prostíbulo Las Conejitas, ella sabe bien como robarse la atención de cada uno de los espectadores. 
Cada vez que tiene que hacer su acto, Miriam se para con firmeza en una larga pasarela llena de colores pasteles y miradas lascivas. Con toda la calma, comienza una danza excitante con "One" de Metallica y jugando con el tubo, baila lentamente para que los clientes introduzcan los billetes.    
La Diabla no es la mujer más hermosa, ni siquiera tiene el mejor cuerpo del lugar, es algo en su estilo lo que llama la atención, un no sé qué que se combina con la canción y llega tan profundo que no quieres perderte ningún segundo. 
Al rededor los hombres no modulan. Todo parece detenerse y ella sigue bailando. 

Cuando termina el acto, el proxeneta le señala el elegido. Pasa a mi lado y las estrías de su abdomen me rebelan un recorrido maternal, un recorrido que después me cuenta le ha dejado dos hijos, una niña de nueve y uno de dos. Dos niños que son su razón de ser y que piensan que su mamá sale todas las noches a trabajar en algún comedero urbano.



Cárcel de San Cristóbal

     Es extraña la sensación que tienen los viajeros al pasar por la Cárcel de San Cristóbal. Ubicada en una loma como lo están la mayoría de las cárceles de la ciudad, a primera vista parece un lugar de recreación familiar. El decorado grisáceo, las ventas ambulantes en la puerta y los niños de la mano de las señoras con olor a paseo largo despistan al que pasa por ahí. Finalmente, lo único que logra ubicarte en el lugar, son las voces con eco de aquellas almas en pena, que no suficiente con la condición de estar presos, gritan desde las diminutas ventanas como si con la llegada de sus familias hubiera llegado una especie de descanso temporal.


Roger

      Por la avenida San Juan deambulaba, como era costumbre, uno de los tantos perritos  "criollos" que decoran las avenidas y calles de la ciudad. Un perro pequeño de color amarillo y ojos negros como el petróleo era conocido en el sector de Laureles como Roger.
    Debido a que  no estaba muy bien alimentado, comía cuanta basura deliciosa a su juicio, se le atravesaba en el camino y su dueña, conocida como doña Bárbara, lo dejaba por fuera desde que era un cachorro, convencida de que el perrito estaba acostumbrado a la calle. Pero ese 14 de marzo no alcanzó a pegar el grito cuando un bus Floresta San Juan 243 no alcanzó a frenar y atravesó al perro en dos, dejando en el ambiente un chillido tenebroso que detuvo el tráfico por unos minutos y la vida despiadada de aquella larga calle.