Es extraña la sensación que tienen los viajeros al pasar por la Cárcel de San Cristóbal. Ubicada en una loma como lo están la mayoría de las cárceles de la ciudad, a primera vista parece un lugar de recreación familiar. El decorado grisáceo, las ventas ambulantes en la puerta y los niños de la mano de las señoras con olor a paseo largo despistan al que pasa por ahí. Finalmente, lo único que logra ubicarte en el lugar, son las voces con eco de aquellas almas en pena, que no suficiente con la condición de estar presos, gritan desde las diminutas ventanas como si con la llegada de sus familias hubiera llegado una especie de descanso temporal.

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