Por la avenida San Juan deambulaba, como era costumbre, uno de los tantos perritos "criollos" que decoran las avenidas y calles de la ciudad. Un perro pequeño de color amarillo y ojos negros como el petróleo era conocido en el sector de Laureles como Roger.
Debido a que no estaba muy bien alimentado, comía cuanta basura deliciosa a su juicio, se le atravesaba en el camino y su dueña, conocida como doña Bárbara, lo dejaba por fuera desde que era un cachorro, convencida de que el perrito estaba acostumbrado a la calle. Pero ese 14 de marzo no alcanzó a pegar el grito cuando un bus Floresta San Juan 243 no alcanzó a frenar y atravesó al perro en dos, dejando en el ambiente un chillido tenebroso que detuvo el tráfico por unos minutos y la vida despiadada de aquella larga calle.
Debido a que no estaba muy bien alimentado, comía cuanta basura deliciosa a su juicio, se le atravesaba en el camino y su dueña, conocida como doña Bárbara, lo dejaba por fuera desde que era un cachorro, convencida de que el perrito estaba acostumbrado a la calle. Pero ese 14 de marzo no alcanzó a pegar el grito cuando un bus Floresta San Juan 243 no alcanzó a frenar y atravesó al perro en dos, dejando en el ambiente un chillido tenebroso que detuvo el tráfico por unos minutos y la vida despiadada de aquella larga calle.
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