Este es un espacio para las palabras, los sueños, los miedos, pero ante todo, para la alegría.
martes, 6 de marzo de 2012
viernes, 24 de febrero de 2012
lunes, 6 de febrero de 2012
Un recuerdo elevado
Elevar un cometa no sería posible sin una mañana clara y abierta como lo estaba este domingo. Después de tanta lluvia, pensé que iba tener que cambiar de idea, pero al ver los rayos de aquel sol intenso, la luz fue el pie derecho con el que el día comenzó.
El parque Juanes de la Paz sería el lugar indicado para intentarlo. Nos ubicamos en el barrio Castilla y aunque no somos expertos, ver los niños con sus padres, los abuelos enternecidos, los amigos, todos unidos en una sola idea, dije: al carajo, vamos a elevar esa cometa. Fue inevitable, me dieron ganas y un montón de recuerdos de mi niñez invadieron mi cabeza por los minutos en que mi hijo, negociaba con un vendedor local la de nosotros.
Al mirar al cielo, una explosión de colores me dejaron sin aliento. De fondo teníamos un cielo azul y medio despejado, las nubes se abrían con todo tipo de colores y le daba una decoración especial al lugar. Amarillos, verdes, rojos, naranjados, todos unidos para darle vida a ese viento juguetón que movía las cometas de un lado para otro.
Me dispongo pues a elevar mi cometa. “Cuidado con las lámparas de luz” me grita sonriente un señor con cara de experimentado al ver mi cara de, “cómo diablos se eleva esto”.
Al ver los cadáveres de cometas que un día intentaron volar, pero que quedaron presas en las lámparas de luz, me asusto un poco. Mi hijo, con más idea que yo sobre el asunto, la abre, la desenvuelve con sumo cuidado y entre los dos comenzamos a soltar la pita para empezar a correr.
De color azul rey, apenas el viento llega a donde estamos ubicados y toca sus lados, ella se mantiene firme y con ganas de subir.
Un recuerdo se hace presente mientras veo a mi hijo. Cuando pequeña mi único tío nos llevaba a una manga ubicada en un morro cerca de casa (Calasanz) para hacer lo mismo. Mi tío se fumaba un cigarrillo extraño y mis primos y yo corríamos y gritábamos como locos incontenibles cuando se elevaban las cometas.
Ante tanta libertad y tranquilidad otra vez presente, solo puedo sonreír e intentar que esa nueva generación reproduzca recuerdos iguales o incluso mejores que los míos. Al final del día ya nadie daba un peso por nosotros de lo sucios y cansados que terminábamos, nos recostábamos en la manga a observar las nubes y a identificar que formas contenían.
Debido a la inseguridad nunca pudimos volver al morro de mi barrio los domingos. Cuando ya las cosas habían mejorado, el tío nos seguía proponiendo el "parche", pero éramos adolescentes tan ocupados con los novios y novias, que ir a elevar cometas era muy “boleta”.
Así fue como la costumbre fue olvidándose, el tío nunca más volvió a insistir hasta este domingo en el que José lo invitó y él no podía de la emoción.
Un nudo insoportable se convierte en motivo de frustración para mí y para José. Después de un rato, entre los dos intentamos de nuevo. Pensamos, “una cometa sencilla como la que teníamos no va llegar al cielo”, pero cuando por fin se elevo y cada vez pedía más pita para seguir subiendo, nos miramos y sonreímos como si fuéramos los dos un par de niños, quien más allá de pensar en el método indicado, simplemente goza de una cosa tan sencilla, de una experiencia que no vale más de dos mil pesos y que en mi caso, logra contagiarme esa sensación de libertad cuando al verla, está cada vez más firme y cerca al sol.
No hay una forma adecuada en este momento para describir lo feliz que me siento, al estar con mi hijo de tres años y sentir por un momento lo mismo que cuando era niña. Aunque fue por un instante, sentí las mismas sensaciones de felicidad, susto, impotencia o alegría, cuando la condenada cometa azul rey parece tocar las nubes y no quiere obedecer a la pita.
Como es de esperarse por estos días, una gota pequeña y suave de agua cae en mi cara para anunciarme que la lluvia llegará pronto. A medida que la cometa desciende, con ella también bajo yo a la realidad, pero a diferencia de la llegada, con un muy buen humor le anuncio a mi hijo que es hora de irnos.
Sara volvió a ser niña, pero también mamá. Una niña mamá que no puede permitirse gripas o catarros, así que recogemos a toda prisa la pita y envolviéndola lenta y con cuidado, la enrollamos y la guardamos en la maleta con la promesa de volver.
Al mirar al cielo, una explosión de colores me dejaron sin aliento. De fondo teníamos un cielo azul y medio despejado, las nubes se abrían con todo tipo de colores y le daba una decoración especial al lugar. Amarillos, verdes, rojos, naranjados, todos unidos para darle vida a ese viento juguetón que movía las cometas de un lado para otro.
Me dispongo pues a elevar mi cometa. “Cuidado con las lámparas de luz” me grita sonriente un señor con cara de experimentado al ver mi cara de, “cómo diablos se eleva esto”.
Al ver los cadáveres de cometas que un día intentaron volar, pero que quedaron presas en las lámparas de luz, me asusto un poco. Mi hijo, con más idea que yo sobre el asunto, la abre, la desenvuelve con sumo cuidado y entre los dos comenzamos a soltar la pita para empezar a correr.
De color azul rey, apenas el viento llega a donde estamos ubicados y toca sus lados, ella se mantiene firme y con ganas de subir.
Un recuerdo se hace presente mientras veo a mi hijo. Cuando pequeña mi único tío nos llevaba a una manga ubicada en un morro cerca de casa (Calasanz) para hacer lo mismo. Mi tío se fumaba un cigarrillo extraño y mis primos y yo corríamos y gritábamos como locos incontenibles cuando se elevaban las cometas.
Ante tanta libertad y tranquilidad otra vez presente, solo puedo sonreír e intentar que esa nueva generación reproduzca recuerdos iguales o incluso mejores que los míos. Al final del día ya nadie daba un peso por nosotros de lo sucios y cansados que terminábamos, nos recostábamos en la manga a observar las nubes y a identificar que formas contenían.
Debido a la inseguridad nunca pudimos volver al morro de mi barrio los domingos. Cuando ya las cosas habían mejorado, el tío nos seguía proponiendo el "parche", pero éramos adolescentes tan ocupados con los novios y novias, que ir a elevar cometas era muy “boleta”.
Así fue como la costumbre fue olvidándose, el tío nunca más volvió a insistir hasta este domingo en el que José lo invitó y él no podía de la emoción.
Un nudo insoportable se convierte en motivo de frustración para mí y para José. Después de un rato, entre los dos intentamos de nuevo. Pensamos, “una cometa sencilla como la que teníamos no va llegar al cielo”, pero cuando por fin se elevo y cada vez pedía más pita para seguir subiendo, nos miramos y sonreímos como si fuéramos los dos un par de niños, quien más allá de pensar en el método indicado, simplemente goza de una cosa tan sencilla, de una experiencia que no vale más de dos mil pesos y que en mi caso, logra contagiarme esa sensación de libertad cuando al verla, está cada vez más firme y cerca al sol.
No hay una forma adecuada en este momento para describir lo feliz que me siento, al estar con mi hijo de tres años y sentir por un momento lo mismo que cuando era niña. Aunque fue por un instante, sentí las mismas sensaciones de felicidad, susto, impotencia o alegría, cuando la condenada cometa azul rey parece tocar las nubes y no quiere obedecer a la pita.
Como es de esperarse por estos días, una gota pequeña y suave de agua cae en mi cara para anunciarme que la lluvia llegará pronto. A medida que la cometa desciende, con ella también bajo yo a la realidad, pero a diferencia de la llegada, con un muy buen humor le anuncio a mi hijo que es hora de irnos.
Sara volvió a ser niña, pero también mamá. Una niña mamá que no puede permitirse gripas o catarros, así que recogemos a toda prisa la pita y envolviéndola lenta y con cuidado, la enrollamos y la guardamos en la maleta con la promesa de volver.
El rincón del zapatero
Jorge Alberto Torres está próximo a cumplir 47 años y 22 de ellos, los ha dedicado a ser zapatero en el barrio Calasanz.
“Cuando chiquito quería ser grande. No mentiras, quería ser conductor”, dice con algo de humor melancólico por su próximo cumpleaños, mientras pega con sumo cuidado el cuero de una sandalia.
Jorge nació el 20 de octubre de 1964 en Medellín. Actualmente vive en Manrique Oriental junto a su esposa Marina Garzón y su hija de 22 años, Jenny Cristina. Ellas son motivo de alegría y compromiso. Jorge cuenta que no hay mayor satisfacción que llegar a la casa y al menos poder tomarse una aguapanela con ellas.
Entre la pulidora, ampliadora y máquina de coser, todos los días se comen el almuerzo frío, y hay que verlo, porque que en compañía es de esas comidas que no sabe maluco. Es frío por que a la hora del almuerzo precisamente es que llegan muchas clientas a dejar o reclamar pedidos. "Maluco que lo encuentren a uno oliendo a huevo y papa".
Este es un oficio que practica desde los 13 años. Sin mucho dinero en el hogar, Jorge y casi todos sus hermanos, se vieron en la obligación de dejar los carros y aprender un oficio para ayudar con la economía del hogar a su mamá. Empezó en una fábrica de calzado y allí aprendió todo lo que sabe y lo que le permitió hacer más adelante su propio negocio.
Este es un oficio que practica desde los 13 años. Sin mucho dinero en el hogar, Jorge y casi todos sus hermanos, se vieron en la obligación de dejar los carros y aprender un oficio para ayudar con la economía del hogar a su mamá. Empezó en una fábrica de calzado y allí aprendió todo lo que sabe y lo que le permitió hacer más adelante su propio negocio.
Como una persona rebuscadora, trabajó como conductor de taxi durante algunos años. “Una cosa o la otra. Había que pensar en la gasolina, llantas, el mecánico, repuestos y no alcanzaba a cubrir todos los gastos, así que mejor me dediqué a esto y hasta ahora, no me arrepiento”.
Jorge trabaja todos los días de 10:00 am a 7:00 pm, menos los días que tiene que ir a comprar suministros a las peleterías en el Pasaje Comercial Coltejer, en el centro de Medellín. Ese es un día especial para relajarse y ver qué está pasando en la ciudad.
Durante veinte años, estuvo ubicado entre la esquina de la Unidad Residencial Olivenza y Cerros del Escorial en Calasanz. “La vida en una esquina es muy dura, uno al sol y al agua reza para que nada de lo que me habían mandado a arreglar no se moje o se dañe. Eso es muy berraco”.
“Yo creo que hay cosas en esta sociedad que no están bien. Por ejemplo, vivir bien es muy peligroso. El día en que espacio público llegó, se les recibió de buena manera y después de un rato les dije: ¿por qué no van y molestan a los que matan y roban, porque molestan al que está ganándose la papita honradamente? y después de unas cuantas vueltas, como si nada, me dijeron que no volviera hacerme ahí o que se me llevaban las cosas”.
Pero un día la vida de Jorge cambió. “Una clienta recurrente pasó y me dijo que hablara con el padre Hernán de Jesús Sánchez, que por esos días era el que estaba como sacerdote en la iglesia Don Matías. Yo pasé y él me dijo que habían adecuado un lugar y que si quería, organizara las cositas aquí”.
Pero un día la vida de Jorge cambió. “Una clienta recurrente pasó y me dijo que hablara con el padre Hernán de Jesús Sánchez, que por esos días era el que estaba como sacerdote en la iglesia Don Matías. Yo pasé y él me dijo que habían adecuado un lugar y que si quería, organizara las cositas aquí”.
Así que desde hace unos años organizó las cosas y se apropió de este espacio pagando 130.000 mil pesos mensuales hasta entonces.
“La gente en el barrios es buena paga, traen de todo tipo de zapatos, tenis, sandalias, tacones, correas. También trabajamos con cuero, porque una persona que es guerrera no se le arruga a nada”, termina de explicar Jorge.
A la vista un cartel de colores llamativos se expone: reparación de calzado. Anchada pegada, costura, cierre y tintura. Trabajo garantizado. Jorge Torres 3105376476.
lunes, 21 de marzo de 2011
La Diabla
Los que frecuentan el lugar la conocen como "La Diabla".
Su nombre original es: María Miriam Romero, mide 1.50, su cabello es castaño oscuro y le gusta la lencería de cuero y los tacones de punta de aguja.
En los rígidos y helados tubos del prostíbulo Las Conejitas, ella sabe bien como robarse la atención de cada uno de los espectadores.
Cada vez que tiene que hacer su acto, Miriam se para con firmeza en una larga pasarela llena de colores pasteles y miradas lascivas. Con toda la calma, comienza una danza excitante con "One" de Metallica y jugando con el tubo, baila lentamente para que los clientes introduzcan los billetes.
La Diabla no es la mujer más hermosa, ni siquiera tiene el mejor cuerpo del lugar, es algo en su estilo lo que llama la atención, un no sé qué que se combina con la canción y llega tan profundo que no quieres perderte ningún segundo.
Al rededor los hombres no modulan. Todo parece detenerse y ella sigue bailando.
Cuando termina el acto, el proxeneta le señala el elegido. Pasa a mi lado y las estrías de su abdomen me rebelan un recorrido maternal, un recorrido que después me cuenta le ha dejado dos hijos, una niña de nueve y uno de dos. Dos niños que son su razón de ser y que piensan que su mamá sale todas las noches a trabajar en algún comedero urbano.
Su nombre original es: María Miriam Romero, mide 1.50, su cabello es castaño oscuro y le gusta la lencería de cuero y los tacones de punta de aguja.
En los rígidos y helados tubos del prostíbulo Las Conejitas, ella sabe bien como robarse la atención de cada uno de los espectadores.
Cada vez que tiene que hacer su acto, Miriam se para con firmeza en una larga pasarela llena de colores pasteles y miradas lascivas. Con toda la calma, comienza una danza excitante con "One" de Metallica y jugando con el tubo, baila lentamente para que los clientes introduzcan los billetes.
La Diabla no es la mujer más hermosa, ni siquiera tiene el mejor cuerpo del lugar, es algo en su estilo lo que llama la atención, un no sé qué que se combina con la canción y llega tan profundo que no quieres perderte ningún segundo.
Al rededor los hombres no modulan. Todo parece detenerse y ella sigue bailando.
Cuando termina el acto, el proxeneta le señala el elegido. Pasa a mi lado y las estrías de su abdomen me rebelan un recorrido maternal, un recorrido que después me cuenta le ha dejado dos hijos, una niña de nueve y uno de dos. Dos niños que son su razón de ser y que piensan que su mamá sale todas las noches a trabajar en algún comedero urbano.
Cárcel de San Cristóbal
Es extraña la sensación que tienen los viajeros al pasar por la Cárcel de San Cristóbal. Ubicada en una loma como lo están la mayoría de las cárceles de la ciudad, a primera vista parece un lugar de recreación familiar. El decorado grisáceo, las ventas ambulantes en la puerta y los niños de la mano de las señoras con olor a paseo largo despistan al que pasa por ahí. Finalmente, lo único que logra ubicarte en el lugar, son las voces con eco de aquellas almas en pena, que no suficiente con la condición de estar presos, gritan desde las diminutas ventanas como si con la llegada de sus familias hubiera llegado una especie de descanso temporal.
Roger
Por la avenida San Juan deambulaba, como era costumbre, uno de los tantos perritos "criollos" que decoran las avenidas y calles de la ciudad. Un perro pequeño de color amarillo y ojos negros como el petróleo era conocido en el sector de Laureles como Roger.
Debido a que no estaba muy bien alimentado, comía cuanta basura deliciosa a su juicio, se le atravesaba en el camino y su dueña, conocida como doña Bárbara, lo dejaba por fuera desde que era un cachorro, convencida de que el perrito estaba acostumbrado a la calle. Pero ese 14 de marzo no alcanzó a pegar el grito cuando un bus Floresta San Juan 243 no alcanzó a frenar y atravesó al perro en dos, dejando en el ambiente un chillido tenebroso que detuvo el tráfico por unos minutos y la vida despiadada de aquella larga calle.
Debido a que no estaba muy bien alimentado, comía cuanta basura deliciosa a su juicio, se le atravesaba en el camino y su dueña, conocida como doña Bárbara, lo dejaba por fuera desde que era un cachorro, convencida de que el perrito estaba acostumbrado a la calle. Pero ese 14 de marzo no alcanzó a pegar el grito cuando un bus Floresta San Juan 243 no alcanzó a frenar y atravesó al perro en dos, dejando en el ambiente un chillido tenebroso que detuvo el tráfico por unos minutos y la vida despiadada de aquella larga calle.
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