lunes, 21 de marzo de 2011

La Diabla

Los que frecuentan el lugar la conocen como "La Diabla". 
Su nombre original es: María Miriam Romero, mide 1.50, su cabello es castaño oscuro y le gusta la lencería de cuero y los tacones de punta de aguja.
En los rígidos y helados tubos del prostíbulo Las Conejitas, ella sabe bien como robarse la atención de cada uno de los espectadores. 
Cada vez que tiene que hacer su acto, Miriam se para con firmeza en una larga pasarela llena de colores pasteles y miradas lascivas. Con toda la calma, comienza una danza excitante con "One" de Metallica y jugando con el tubo, baila lentamente para que los clientes introduzcan los billetes.    
La Diabla no es la mujer más hermosa, ni siquiera tiene el mejor cuerpo del lugar, es algo en su estilo lo que llama la atención, un no sé qué que se combina con la canción y llega tan profundo que no quieres perderte ningún segundo. 
Al rededor los hombres no modulan. Todo parece detenerse y ella sigue bailando. 

Cuando termina el acto, el proxeneta le señala el elegido. Pasa a mi lado y las estrías de su abdomen me rebelan un recorrido maternal, un recorrido que después me cuenta le ha dejado dos hijos, una niña de nueve y uno de dos. Dos niños que son su razón de ser y que piensan que su mamá sale todas las noches a trabajar en algún comedero urbano.



Cárcel de San Cristóbal

     Es extraña la sensación que tienen los viajeros al pasar por la Cárcel de San Cristóbal. Ubicada en una loma como lo están la mayoría de las cárceles de la ciudad, a primera vista parece un lugar de recreación familiar. El decorado grisáceo, las ventas ambulantes en la puerta y los niños de la mano de las señoras con olor a paseo largo despistan al que pasa por ahí. Finalmente, lo único que logra ubicarte en el lugar, son las voces con eco de aquellas almas en pena, que no suficiente con la condición de estar presos, gritan desde las diminutas ventanas como si con la llegada de sus familias hubiera llegado una especie de descanso temporal.


Roger

      Por la avenida San Juan deambulaba, como era costumbre, uno de los tantos perritos  "criollos" que decoran las avenidas y calles de la ciudad. Un perro pequeño de color amarillo y ojos negros como el petróleo era conocido en el sector de Laureles como Roger.
    Debido a que  no estaba muy bien alimentado, comía cuanta basura deliciosa a su juicio, se le atravesaba en el camino y su dueña, conocida como doña Bárbara, lo dejaba por fuera desde que era un cachorro, convencida de que el perrito estaba acostumbrado a la calle. Pero ese 14 de marzo no alcanzó a pegar el grito cuando un bus Floresta San Juan 243 no alcanzó a frenar y atravesó al perro en dos, dejando en el ambiente un chillido tenebroso que detuvo el tráfico por unos minutos y la vida despiadada de aquella larga calle.

domingo, 27 de febrero de 2011

“Libera tu alma de la opresión y tu vida será mejor”

“Libera tu alma de la opresión y tu vida será mejor”.

De miradas tranquilas y movimientos pausados, los de Reggae Roots 13 van cogiéndole las placas a cualquier chica u oportunidad de fama con la que se encuentren en la calle.
Ellos viven en la comuna 13,  venden sanduches, tejen y venden manillas de todos los colores, tamaños y formas. Hoy, de 18 jóvenes que son los que conforman la banda, vinieron tres: Peter Alexander Valenzuela de 18 años, encargado del clarinete, Yuber Alvares de 21 años, el vocalista y Yuber Vergara de 18 años, el trompetista. Entre todos y unidos por una misma idea, están conociendo y aprendiendo a tocar reggae.
Ninguno es rastafari, aunque la colectividad de su banda está muy presente en todo lo que describen de ella. A simple vista, están cómodamente vestidos. Es una pinta humilde y llamativa, y de pronto, después de observarlos detenidamente, se puede ver que tienen algunos Dreads (cabello largo y peinado en trenzas con estilo africano muy propio de los Rastafari). Sin embargo, y debido a las circunstancias en las que viven, ninguno de ellos es capaz de afrontar este estilo de vida.
Del 20 de Julio, Las Independencias, Villa Laura, El Salado, Cuatro Esquinas, Nuevos Conquistadores y de Eduardo Santos, llegan todos los de este combo espiritual a reunirse cumplidamente los martes, en la Institución Educativa Las Independencias. Lugar conseguido después de mucha gestión y rincón de una cantidad inimaginable de sueños y esperanza para estas, y las nuevas generaciones del barrio.
Su nombre inicial fue Ganya Green, pero como protesta por el vicios que se consume a sus amigos y calles y debido a que el nombre era muy controversial, decidieron cambiar a Reggae Roots. Influenciados por bandas como Zona Ganya, Gondwana, Skatalites y The Wailers o estilos como el Hip Hop, están encargados de presentarle a los niños y jóvenes como ellos, una forma diferente de conocer la música y de ver el barrio. Un mensaje donde inevitablemente, se hace un paralelo entre la libertad por parte del reggae y la opresión por parte de las armas y el vicio.
Estos chicos no se quieren quedar quietos, tienen muchas expectativas, anhelos y moral. Son un proyecto de emprendimiento cultural y por eso se la meten toda. La idea es que sus presentaciones sean instrumentales y entre todos, puedan aprender y considerar sacar sonidos digitales, compuestos por melodías y con instrumentos básicos como el bajo, armónica, trompeta y saxo.
En este momento y al caminar por el barrio, la gente ya los distingue. Saben que no perteneces a ningún combo de violencia, saben, que no son viciosos aunque sean de peinados exóticos. En este momento del recorrido de la banda, la comunidad los respeta y apoya, se han establecido como nueva opción, como un mensaje de esperanza, como un conglomerado de pelaos que quieren ofrecer otra otra cosa.

Reggae Roots no pretende arrebatarle las personas a la violencia. Saben que es difícil y más en un espacio donde hay tantas necesidades y estereotipos tan establecidos, aceptados y arraigados por la comunidad. Solo en la generación de nuevos espacios, donde la no violencia sea el eje principal y ellos encabezan la marcha como gestores de paz, podrá verse con el transcurrir de los años, los resultados positivos que todos están esperando para la comuna 13.
No hay que tocar un instrumento musical o saber cantar para hacer parte de Reggae Roots. Muchos de sus integrantes actualmente colaboran de manera indirecta, para que la banda cada día sea más estructurada y fuerte. Todos se consideran hermanos y hay un especial cuidado y atención por aquellos que han estado en reformatorios. Estos, debido a la experiencia y a ciertos temores que han desarrollado por la sociedad, no participan de muchas de las actividades, ni de las presentaciones en el escenario, pero de igual manera y como pueden, tratan de involucrarse, ya sea con la elaboración de las manillas o de los sanduches.
Sacar a relucir los talentos de los jóvenes entre los 15 y 22 años, es el objetivo de la banda, . Poder hacer una crítica constructiva desde las diferentes perspectivas de los jóvenes que habitan las comunas, es a lo que apuntan las canciones.

De los 18 que son, unos terminan el bachillerato, otros comienzan técnicas o pregrados, todos muy relacionados con la música, todos felizmente entusiasmados con lo que viene para ellos.
El lado femenino no se ha dejado a aparte para la banda. Yuliana, de 16 años, está encargada del clarinete, Marilyn de 15 años lo toca también y para finalizar, esta Alejandra encargada de la flauta. Ellas, las tres, están presente desde que se inició la banda, han hecho parte del proceso y tienen las mismas expectativas que los chicos, quienes entusiasmados con ellas, quieren que con la presencia femenina sobresalgan las voces melodiosas que ellas puedan ofrecer a las canciones.
Peter mantiene agujas de croché, no solo para hacer manillas o tejer el pelo del que se deje. Ellos caminan por las calles de su barrio, lo hacen tranquilos y sin deberle nada a nadie. Todos saben que con la idea que tienen van tejiendo nuevos caminos con destino hacia la tranquilidad y el futuro.
http://soundcloud.com/ruta4-scjmedellin/improvisacion-reggae-roots-13




Solo iba a ser una sombra

Como un gato que va sin rumbo ni hogar definido en la vida, Jimmy, es la clase de sujeto que piensa que la vida es una sola, que hay que disfrutarla al máximo, que el cuerpo hay que cuidarlo porque es uno solo, que el amor no es un impedimento para hacer las cosas que se quieren  y que el éxito que se tenga en ella, es de carácter individual.
Mientras yo me muevo en varias contradicciones conmigo misma, nunca me había imaginado cuanto se puede escribir sobre un desconocido. O lo que es peor aun. Que tanto me desconozco yo como para enfrentarme a esa sensación de la niñez de nuevo, en donde yo tengo que buscar y tratar de agradarle a alguien, dejando a un lado mi red social perfectamente establecida.
Que vueltas en las que nos pone la vida.
Para este sujeto yo no era nada, nadie, no soy la clase de chica en la que se interesa y busca conquistar. No creo que haya actuado como si quisiera impresionarme, aunque esto suene a cliché, en realidad, al pasar tan desapercibida de alguna manera, siento que llegué a algo muy profundo.
Primer día, viernes 10:18 A.M.
Jimmy Christopher Parr… todo lo que sé.
Al buscar su salón me di de nuevo contra la pared por varios asuntos subjetivos, que para una persona que se deja permear más de la vida, hubieran pasado desapercibidos. Para Sara, eran todo un mundo.
Empecemos por que había que buscar el salón, porque su profesor de entrada me hizo presentarme y explicar quién era y lo que iba a hacer.
Si, bueno... yo me llamo Sara, soy estudiante de Comunicación Social de esta universidad, voy hacerle una sombra a Jimmy, una idea de Juan José Míllas, me gusta caminar, voy a sentarme en esa silla, hay miradas extranjeras, siento desconsuelo, incertidumbre y un alumno japones que tenia una cara permanente de sonrisa, me hace sentir aun más incómoda por no poder reírme en su cara.   
Pasaron varias horas y dejé de sentirme así, entonces entendí varias cosas: Jimmy es de Estados Unidos, de Washington capital, tiene 24 años, le encanta viajar y cumple a carta cabal el estereotipo del alma libre. Lástima que en este caso, su tiempo y disposición dependan de lograr pasar un examen para su pregrado en Relaciones Internacionales.
Es de esas personas que te confunden. Parece estar muy concentrado pero es absolutamente distraído, aunque es totalmente entendible debido al tema de la clase. No habla mucho, pero da apuntes sin sentido. Es gracioso y siempre trata de estar lo más cómodo posible. No le interesa preocuparse, en realidad su vida ha sido demasiado cómoda como para preocuparse por algo ahora. De vez en cuando mueve la cabeza, acomoda los pies y todo en él se mueve en una ambivalente burbuja de Amabilidad, Distancia y Disposición. Es muy extraño... 
Rizos cortos y dorados, ojos verdes, piel blanca. Este “man” no camina, vuela, huele a sándalo, pero como si no fuera complicado olerlo por la distancia o la indiferencia que hay entre los dos, a veces huele a lavanda. Lo único que pienso es:  "este man es toda una trapeadora".
Su clase acaba, el almuerzo, menos mal, estaba muriéndome de hambre y de aburrición.
En el restaurante los dos pedimos lo mismo. Él, cómo cuida su figura más que yo, come una ensalada adicional. Yo lo observo, escribo cosas, y continuamos la tarde en más clases de español.  Respiro profundo y pienso en lo difícil que es adecuarse a otro idioma. Preposiciones subjuntivas, que forma de pasar un viernes en la tarde cuando se tienen 22 años. “Para mí no hay nada más importante que el tiempo para estudiar. Es un espacio sagrado y sin importar en qué lugar del mundo esté, no permito que nada se entrometa”. 
Su profesor es más amable que en la mañana. Los dos estamos sobresaturados de sustantivos, adjetivos y la clase finalmente acaba después de dos largas horas. Yo fumo un cigarrillo y nos acostamos en unos sillones en la biblioteca. Hablamos de música, sitios de la ciudad, la conversación es bastante agradable. “Nunca he ido al centro. Varias personas que conozco me han hablado de él y no es un lugar que me llame la atención. La verdad me parece peligroso”
Jimmy es perezoso. Fuma de vez en cuando, tiene buena disposición en su estudio y trabajo, es simpático y sabe bien como capturar la atención de una que otra grilla por ahí. Todo se basa en esa pose de extranjero difícil. Al parecer nada importa y si algo llega por añadidura de la vida, es bien recibido.
Ya han pasado 4 horas, y todavía sigue siendo un perfecto desconocido. No es fácil descifrar a alguien, es como al principio, absolutamente distante. Por lo general hay una muy buena actitud. Yo pienso, Dios, no está con su familia, se la ha pasado viajando muchos años, terminó con su novia hace unos meses, está en un país que no es el suyo, ¿Cómo hace para seguir?
Nos reímos mucho rumbo a la “Academy”. Espero que sea diferente a lo de la mañana. Cuando caminábamos le pregunté si estaba hastiado de mi… Muy amablemente me responde: “si quieres puedes venir a la clase, estás más que invitada”. 
De pronto empezó a interesarle lo que he escrito todo el día. Mira las notas, me pregunta cosas. Que situación más extraña. Si hubiera sabido lo que pasaría este día, lo hubiera pensado un poco mejor cuando me delegaron esta sombra en mi clase.
Casualmente tenemos muchas cosas en común. Música, formas de ver a la gente, películas y los dos siempre estamos de afán, aunque debo reconocer que él es de un suicida impresionante. Se le abalanza a los carros como si estos no pisaran o mataran.  Esto me asusta un poco.
Su estudiante se llama Natalia. Es ingeniera y está en un nivel bastante avanzado. Ha sido dedicada y eso le gusta a Jimmy. Al llegar al centro ella lo llama para avisarle que se demoraba un poco, él lo único que le dice es: “Natalia, is your time”. La clase es de 5 a 7. Cuando esta chica llega, la clase empieza, nos presentan, él le explica una serie de cosas, yo no entiendo un comino y comienzo a mirar alrededor. Leo una flecha que dice, evacuation route. Río cuando en una oración escucho ebrias. Entonces pienso, si, ebria debería estar yo este viernes con mis amigas. Trato de poner atención a su clase, pero soy una ignorante que solo ríe en silencio. Él le pasa una simulación de examen; "take a moment" y yo me despeluco un poco.
No me siento aprisionada a pesar de la lluvia, estoy feliz. Sigo mirando a mí alrededor y veo una abejita mal dibujada con un letrero muy acorde a el momento: "dont beelate" y ahora sí quiero salir de ahí. 
Al dar la clase es paciente, gracioso, corrige constantemente a Natalia. Veo letreros por todos lados, es una casa grande, vieja, pero bien reformada. Tiene una luz artificial que incomoda un poco mis ojos, pero esta tarde todo lo soporto. ¿Ya mencioné que toda la clase es en inglés?
Lo he hecho reír varias veces. No le gusta que le invadan su espacio. Lo que es una contradicción conmigo aquí. Es bastante grosero en su idioma y de un momento para acá, le interesa hacerme reír. 6:30 pm y llueve torrencialmente.
Al final de la noche lo acompaño a comer a Picolo. Hablamos de cine, tomamos una cerveza y me considera su amiga. Le explico que no quiero atropellar su intimidad y que esto solo es una sombra. osea, un trabajo de la universidad.
Nos despedimos y al montarme al bus, pienso que mientras muchos jóvenes como él están en Estados Unidos midiéndose esos trajes elegantes hechos a la medida, que van a acompañarlos por el resto de su vida, o consiguiéndose una linda esposa para decorar la casa del ostentoso suburbio, este chico esta aquí, en Medellín, queriendo romper el esquema del gringo que viene  a consumir droga o a levantarse viejas.

Así que me agrada. 
Segundo día
En medio de encuentros esporádicos en la universidad, quedamos un día en que iba a conocer su casa. Quizás porque no puedes hablar de alguien hasta que no ves cómo vive, en dónde duerme, qué lee, qué música escucha, cómo se relaciona con la gente con la que convive, qué televisión ve, etc. 
 Miércoles, 3:25 P.M.
Nos encontramos. Yo termino un tinto y el come sandia. Ahora ya hay un poco más confianza. Caminamos alrededor de siete cuadras y yo me desespero un poco, no porque no me guste caminar, si no porque me molesta cuando no sé hacia donde voy.
“Un edificio familiar llamado Barioska, por el segundo parque de Laureles”. Me dice al rato. 
Subimos hasta el cuarto piso, estaba llena la casa pero la gente era muy amable. Hablamos toda la tarde, miro su cama y parece nervioso, prende el televisor, ESPN, sus libros: literatura, novelas, Paulo Coelho, cuentos…y en ese momento, como si me hubiera atropellado un carro, vuelvo a mirar ¿Paulo Coelho?
 Me siento un poco mareada y me levanto para ir al baño. Cuando vuelvo, la actitud de él hacia mí había cambiado, y no sé por qué, su habitación empezaba a oler a loción de hombre.
Obviamente al proponerle que me dejara ser su sombra tenía cierta malicia, lo reconozco. Yo quería conocer a ese man sexi y extranjero engreido, pero no había de mi parte un interés grande como finalizarar en un beso, encuentros esporádicos o simplemente sexo. La atracción no era tan fuerte como para eso.
¿Sara, además de ser mi sombra, qué más quieres?
Huy
Pragmatismo
Sara... Sara sale despavorida.
Quizás por todo esto, escribir esta sombra se me volvió problemático. Durante algunos días los papeles se cambiaron y fue él quien empezó a ser la mía.
Llamadas, regalos, shows de celos por otros manes con los que tomaba tinto. Jesús, que situación más incomoda.
Querrás saber que no fui capaz de romper su corazón, así que de una manera muy educada y al mejor estilo de grilla tercermundista que soy, le hice saber que no me interesaba, que lo apreciaba, pero que solo había sido un trabajo y que en este papel iba a quedar solo la experiencia de haber compartido con un perfecto desconocido. Esto Jimmy, solo iba a ser una sombra.

jueves, 24 de febrero de 2011

Pasaje Comercial Colombia

En la mañana
De camino empedrado y con olor a buñuelos, tinto y cigarrillo Royal, se siente un buen ambiente desde que entras en el Pasaje Comercial de Colombia. Hombres adultos, pensionados la mayoría y ancianos de todos los tamaños, caminan pausadamente en busca de una de las tiendas de donde sale semejante olor. “Don, cafecito con leche recién hecho a mil pesitos”.
“Mete la mano en el bolsillo, saca y abre tu cuchillo y ten cuidado” Con crucigrama debajo del hombro, “Rambo” de 47 años, y un metro y medio de estatura, canta mientras organiza el chuzo. De pantalón Ecko, camisa con letrero de Pepsi y tenis anchos, este hombre todos los días llega a las siete de la mañana a  vender minutos, servir tintos a los que pasen, y para los que se quieran quedar también. “Eso sí, que no me vayan a sacar la rabia porque se me sale ese porro que me fumé antes de llegar al camello”.
El paisaje se contradice cuando al lado de semejante sujeto, se para otro de los vendedores, que para mi sorpresa, tiene aspecto de poeta de los ochenta y llega saludando a “Rambo” muy amable. Acto seguido, y después de una pequeña conversación, se sienta de carrizo a su lado y de meñique parado para tomar tinto, luego se sumerge  en la tercera cadeneta de croché que realiza desde hace un mes, hasta que llegue alguien a comprarle alguna cosita.

A lo lejos y por la resonancia de un micrófono se escucha “banano, banano, aguacate, mandarina, manzana. Párenlo, párenlo, que esto es todo un salpicón”.
Los amigos que llegan a conversar con “Rambo”, le cogen el pelo por una de las colas del siete pronunciado y que a simple vista, deja ver que no hay bálsamo para suavizar, pero que el jabón de tierra es de buena calidad… “garantizado mijo, donde le diga”
Crucigramas sueltos y periódicos enteros o los lustra botas varios que se arriman a la cafetería Cuquies, todo lo que pasa decora el lugar y lo hace acogedor. De vez en cuando pasan mujeres, la mayoría de ellas empleadas que van para el banco o vendedoras de algún local. Por ser tan escasas, son la sensación en la mañana y motivo de alegría para uno que otro viejito madrugador. De pronto, una de ellas, por que se mantienen en combo, se arrima a una de las tantas tiendas en las que se arreglan relojes. Casualmente,  todas las tienditas, aproximadamente veinte en todo el pasaje de La Candelaria, ofrecen los mismos servicios: Plastificación al calor, pilas para reloj, tarjetas prepago, cambiar pilas y baterías.
Nadie grita en este pasaje a no ser que sea vendedor. Éste es un sector conocido por ser tranquilo y más bien calmado en la mañana y al medio día.

En la tarde
Con El Tragadero a medio llenar y al frente del bien cuidado Banco Popular. De una flauta dulce sale un sonido de los mismísimos infiernos o cielos peruanos. Con melodías animadas y melancólicas y acompañadas por una grabadora MP3 SONICO, y una cobija negra llena de CDS de música del sur, la gente va pasando. Algunos transeúntes se detienen, los miran, se arriman. “Puede mirar amigo, ¿cuál le gusta? Conoce esa de Roberto Carlos, a mí me mata".

Hombres de miradas tranquilas y movimientos pausados componen todo el Pasaje de Colombia.  Cuando un prospecto de comprador se arrima, todos ellos se transforman, “lo que pida se le tiene, y lo que no, se le consigue mono”. Parecen grillos saltando de un lado a otro, eso sí, respetando el comprador del compañero. Maletines de todos los colores, formas y tamaños, se exhiben en recibidores y carritos de bolsos, como uno de sus vendedores le dice de cariño. “Entonces ¿este qué? ¿Lo descartamos o se lo empaco? ¡Hay más colores!” Cuando no hay más compradores alrededor, se reúnen entre los distintos vendedores como si fueran viejitas chismosas y dicen, “entonces qué, ¿a cuánto se lo dejó a ese cucho?”
En la frontera con Junín, Compraventa Dominó y Fruty pan, tienen la supremacía de la esquina. Camisetas, bolsos, arepas de pescado, Escape, Primorosa, y los elegantes zapatos de Excepciones, decoran la mitad del pasaje. De pronto, al frente de uno de los pocos árboles que decoran el lugar, una joven indígena acompañada por 3 niños pequeños de 4, 3 y 2 años, espera con total calma una limosna.   
Junto a un árbol, el segundo desde que empieza el Pasaje por Junín y cargada con un litro de agua en un embase de Coca Cola, la indígena riega a sus niños, que desnudos, comienzan a estregarse rápidamente con las manos. Algunos caminantes pasan escandalizados por la escena, otros, sonríen de solo ver como los tres niños a la vez, se sacuden como pollitos con frío, gritan quién sabe qué cosas en su idioma, y tratan de buscar calor los unos contra los otros, cuando ya están secos y vestidos. Carmelina, Álvaro y Yolanda, ya hacen parte de la calle. Todos los vendedores los conocen y más de uno quisiera adoptarlos, como doña Nelly, vendedora de minutos, cigarrillos y mecato variado. Al lado del árbol, un aviso amarillo anuncia lo siguiente: Oferta Éxito. Combo pescado especial, trucha, arroz, ensalada, jugo en agua o gaseosa $12.700
La arreglada de los niños acaba y como ya son más de las 4:00 P.m. es hora de que llegue el papá y se los lleve.  Sonia, la joven indígena y mamá, le  entrega el dinero recogido en el transcurso del día a penas lo ve. Doña Nelly se despide de los niños “usted es muy bonita, y ojo pues Álvaro, se tiene que portar bien con la mamá y las hermanitas” les regala las imploradas galletas y ellos contentos, siguen a sus padres quienes cogen camino por el Parque Berrío y se van difuminando en la calle y con el movimiento de los carros.


En la noche
Unas hojas verdes parecen estancar el sonido que minuto a minuto comienza a ser más pesado. Las monedas que salen de las máquinas del Casino El Piraña, dan alegrías infinitas a un hombre, a quien desde la calle se le escucha celebrar. Debajo de luces de neón, una de las meseras, de falda corta y escote pronunciado, se para junto al señor como si no creyera lo que está pasando. Al lado, el celador de Colpatría, un hombre grande y de aspecto varonil, mira coquetamente a una de las vendedoras de El Pasaje de las Blusas, todo a 10.000. Con un silbido coqueto, otra de las vendedoras, encargada de aplaudir  y ofrecer la promoción, la llama. “Vea Sandra, “El Tuso” la está llamando”. Sandra sale rápidamente, le dice unas cuantas cosas al oído y vuelve a entrar al local nerviosa por algún reclamo. El vigilante, contento, se mete en el banco y hasta las 9:30 P.M.  La espera para irse juntos y agarrarle las manos apenas voltean la esquina.
Hogar y moda, crédito fácil, empieza a cerrar a las 6 de la noche al igual, que Verano es Moda y Remates de Panamá, variedad de artículos para el hogar y cacharrería en general- calle 50 # 49-75. El tragadero está sólo por fin,  y las cajeras miran desesperadas al jefe, que con paciencia increíble hace la contabilidad de semejante negocio redondo.
El sonido de las llantas de los carritos de bolsos comienza a despejar el Pasaje.
De pronto, la gente comienza a caminar y moverse más rápido, las vendedoras de minutos a celular comienzan a irse, las bolsas de los caminantes suenan más fuerte que a cualquier hora del día. Como si la coca del almuerzo estuviera llena todavía, como si en esas bolsas cargaran todo el cansancio acumulado de un largo día de trabajo.
En el Pasaje pareciera que no pasa nada, pero por él, pasa mucha gente, pasan historias y momentos cruciales de conversaciones ajenas que me interesa escuchar “por ahí a las 11” “¿está buena no?” “tranquilo, yo lo llamo más tardecito” “remate, lleve las cuatro mandarinas por mil”.
Los vigilantes, que no pertenecen a ninguna empresa de vigilancia, pero que son vigilantes desde hace catorce años en la zona, llegan a ver como quedó el lugar. Si está aseado, si ya se fueron todos los vendedores de relojes, si ya cerraron los almacenes de ropa y si los vendedores de libros ya guardaron bien en la cafetería Cuquies. Con grabadora en mano, escuchan Los Voceros de Cristo y en su llegada, le dan vida  a un personaje que había pasado desapercibido para mí, durante varios días. De tenis Lotto medio rotos y sucios y después de haber descansado todo el día en las rejas del Banco Popular, un hombre gordo y de mirada extraviada, se levanta.
11:30 P.M
“Mire señora agarre bien su cartera, no conoce este barrio, aquí asaltan a cualquiera”.
De ojos y cabellos negros, el que se levantó, al igual que Sonia, utiliza una botella llena de agua. Esta vez, un embase de Postobón con agua y un jabón que le entregan los vigilantes que no son vigilantes, es lo que posee para proceder a su baño nocturno, que según cuentan, es todos los días. Con una toalla verde clara, este hombre empieza a echarse agua desde los cabellos hasta los pies. Se enjabona, se estrega y como si estuviera en la ducha de la mismísima reina Isabel, lo hace con una tranquilidad auténtica, envidiable. Después de 10 minutos y ubicado en el mismo lugar donde los peruanos en algún momento tocaron la quena, el pasto, el quenacho o la zampoña, este hombre ya está ya bañado y listo para ir a comer algo al Pasaje de la Bastilla, donde dicen también, que su hermana tiene un negocio de pollo y que a eso se le debe la barriguita.
Es increíble ver, como lo que es cafetería en la mañana, en las noches se convierte en discoteca. Cambian los públicos y cambian los productos que se consumen, cambian las pintas y es el momento en el que más mujeres hay. Jóvenes, catanas, viudas, desplazadas, niñas, todas saben quiénes son, entre todas se cuidan y como los vendedores de bolsos, no se quitan el trabajo.

Escogí el Pasaje Colombia, porque su olor a mango biche me detuvo después de mucho caminar, porque para ser un lugar de paso me parece que tiene mucha vida y porque nunca encontré el mango biche que me llamó. La elegí, porque cuando me detuve los primeros rostros que vi, me parecieron amigables y me sentí segura.
Y así, en medio de salsa y vallenato, por fin yo también desaparezco. Me queda un bonito recuerdo, y me quedan las ganas de volver. Creo que lo que más me gustó, fue ver cómo van llegando, como se van quedando y como se van llendo las personas que la viven cada día. Día y noche para esa calle luna, calle sol.