miércoles, 1 de marzo de 2017

De viaje al infierno en cincuenta segundos



(Inicio)

Todo va demasiado rápido.
El corazón y el pulso se aceleran y veo luces blancas diminutas a mí alrededor. Luces hermosas que aparecen y desaparecen en un segundo como estrellas y me alertan que debo sentarme lo más pronto posible o caeré.
Todo deja de importar y los pensamientos que me acompañan de pronto se van. Miro a mi alrededor para buscar algo en que apoyarme. Sin aviso, el bolso se convierte en una pesa de cien kilos, la chaqueta son otros cien y las botas de invierno aprietan más que de costumbre.
Bajo el bolso al piso y desabrocho los botones de la chaqueta.
Intento mantener la calma para no llamar la atención, pero sé que se trata de esos episodios de los que me advirtió la doctora en Colombia.
Siento que la temperatura de mi cuerpo comienza a cambiar. Todo se pone caliente, mis piernas y mis manos se hinchan, encalambran y duelen mucho. Siento que debo cerrar los ojos y no parar de respirar.
La respiración es pesada y me duele el pecho, la cabeza y si es posible imaginarlo, el alma también. ¿Por qué? No sé.
No hay sillas disponibles. Maldita sea! estoy sudando... mi cabeza se apoya en la ventana de la puerta del metro y lo mejor que puedo hacer es cerrar los ojos.
Afortunadamente la velocidad del tren disminuye, parece que llegamos a una estación y siento que puedo subir el bolso de nuevo y buscar la botella de agua que Diego empacó en mi bolso antes de salir. Tomo un poco y trato de hacer más profunda la respiración. 
Parece que está pasando, ahora al menos puedo abrir los ojos y siento el sudor frío bajar por mi rostro. Las estrellas se van, los calambres comienzan a detenerse y solo queda la pesadez y un ligero dolor en las piernas. 
Una silla, gracias a dios… me siento y todo mi cuerpo parece adherirse a la pasta plástica.
¿Qué diablos fue eso?
Lo único que pienso es en el trayecto que debo caminar del metro a la escuela de francés. Siento miedo de caerme y aporrear al bebé, miedo de no entender qué pasó y que sin previo aviso o control, vuelva a suceder.
Finalmente mi estación.
Debo bajarme y enfrentar esta mierda.
Recuerdo que me limpié la frente con un pañito húmedo, cerré la chaqueta y caminé lento. Cuando salí de la estación bajé la capucha para sentir el viento y la nieve en mi cara. Que delicia! Los copos se derriten en mi cara, me refrescan y todo parece volver a la normalidad.  

Esta vez pude con todo. Recuperé el control de mi cuerpo en un instante, pero con el alma, esa es otra historia. Este episodio fue el aviso, fue la llegada de una tristeza que se instaló hasta hace poco sin permiso. 

sábado, 25 de febrero de 2017

Al infinito


Para papá.

"La eternidad no es ni un espacio ni un tiempo. Porque el espacio y el tiempo poco significan. Es saber que nuestra verdadera naturaleza vive simultáneamente en algún lugar del espacio y el tiempo". Johann Sebastian Bach. 


sábado, 26 de marzo de 2016

Días color chocolate



A unos pocos kilómetros de Bello, saliendo por la carretera Norte pero mucho antes de llegar a Copacabana, existe una vereda llamada Guasimalito. 
Mi familia paterna se crió ahí. Vivían en una casa finca con tres cuartos, un baño sencillo pero una cocina propia para alimentar un batallón.
Perdida entre arboles de mangos, guayabos, pencas y plátano, sabía que estaba llegando cuando ese olor seco y fuerte del cacao al sol, se volvía cada vez más cercano e iba impregnando cada parte de mí ropa, como si para poder entrar, tuviera que dejar los olores de la ciudad afuera. Entonces sabía que había llegado. Estaba en la casa de la abuela.    
Sin importar la hora, el fogón de leña siempre estaba prendido. El Mono, perro con pedigrí de dudosa procedencia, siempre estaba acostado al lado de la candela, pero atento a lo que se avecinaba con el único ojo que le quedaba. Era el encargado de avisarle que alguien se acercaba, y ella, al saber que su ladrido tenía más de lamento que de temor, salía con su comadre a darme la bienvenida. Siempre hubo besos y mucha alegría por la llegada de cualquiera de la familia.
Una vez terminaba de descargar y entregarle las cosas que mis papas le habían mandado, me acercaba a la cocina donde me esperaba una totuma de guarapo frío y el Mono para una buena dosis de cariño. Sin duda, lo que más recuerdo de visitarla era verla en la cocina haciendo lo que más disfrutaba con su comadre, después de una buena cosecha de cacaos. ¡Chocolate!
La abuela ponía el cacao en una parrilla hirviente  y cuando ya estaba seco y listo  lo pasaba a una piedra larga y ovalada, en la que la comadre comenzaba a triturarlo con un moledor de madera. Como a cierta parte de la cocina se entraba el sol de la tarde, la comadre movía la piedra para el corredor principal, donde extendía una estera de paja en el piso y arrodillada contra la piedra, la presión del cuerpo hacia el proceso de trituración más rápido, fresco y cómodo.
68 años tenía Rosalina en ese momento. Era una mujer troza con manos gruesas, arrugadas y varias cicatrices gracias a los hijos, al fogón de leña y como pago por insistir en continuar viviendo, casi todo el tiempo sola, en aquella casita. Ahora adulta no logro imaginarme una mujer como ella en un asilo en la ciudad. Siempre nos dijo que tenerla en un lugar así le hubiera destrozado el alma y solo hasta ahora entiendo el porqué de la decisión de mi familia en dejarla pasar sus últimos días allí.   


Después de un rato cambiaban de tarea y cuando ya había una buena cantidad del cacao en polvo, lo recogían en una totuma y lo echaban en una olla con clavos de canela y agua hirviendo. La comadre revolvía suavemente varias veces con el molinillo y por fin, llegaba la primera tasa de chocolate. Siempre me dijo que esa tasa le daba tanto placer, que hasta se le olvidaban las varices, la artritis y el insistente dolor en las rodillas.
Cuando fui adulta supe que mi abuelo conquisto a Rosalina llevándole ollas y gallinas. Ella hacia parte de una de las tantas tribus indígenas del Oriente antioqueño y después de varias visitas, su matrimonio no dio espera. Del idilio dieron fruto solo dos hijos, entre ellos mi papá, Abelardo, quien no me perdonaba que llegara a Medellín sin las bolas de chocolate con almendras que hacia Rosalina. 
Pero para poder llevarlas, el ritual empezaba el sábado desde muy temprano. El Mono era el encargado de darnos los buenos días y entre los ladridos juguetones y las gallinas corriendo y tumbando todo a su paso, no había otra que levantarse. Esta vez era yo quien molía el chocolate, ellas lo recogían y lo mezclaban con el azúcar y las almendras, que previamente también habían sido trituradas por la comadre.
La mezcla se perdía en sus manos. Una vez estaban listas y después de mucho amasarlas, sabíamos que estaban perfectas y podíamos colocarlas en una caja de madera. Mi abuela partía con la comadre la mitad exacta del producido y cada una comía dos o tres mientras la comadre las envolvía en papel aluminio para que no se derritieran en la llegada a Medellín.
En la cocina aprendí a apreciar del silencio, las miradas maliciosas y las sonrisas cómplices. Aunque siempre había espacio para la recocha, cada una debía estar muy concentrada porque el secreto de estas recetas, como decía Rosalina, está en el proceso. En el encuentro que tu mente y tu cuerpo tiene con los ingredientes y en la memoria que va quedando en las manos con el disfrute de hacerlas cada vez que se repite la receta.
“Ya puedes irte en paz”, me decían cada vez que acabábamos. Después de mucho tiempo entendí, que más que una receta o enclaustrarse a somatizar las fatalidades citadinas en una cocina, este ritual me lo enseñó para que continuara viva su dulce y extensa memoria.
¡Y así fue!



martes, 23 de abril de 2013

HELENA



No sé cómo explicarte.
Te siento en lo más profundo de mi ser. De hecho no sé ni siquiera si tengo que explicarlo y tampoco sabría a quién. Sé que estás dentro de mi, y con eso me basta. En alguna parte del universo y sin alguna razón, eres como un algo intangible que me está doliendo en lo más profundo por estos días. Eres como una cortada que no quiere parar de sangrar. Una sensación de impotencia que no se supera.

Hay quienes dicen que en este mundo se vive y se muere en un segundo, por eso, tu no presencia es mi amuleto. Un algo del que agarrarme en medio del orden o del caos. Una oportunidad para cuestionarme, para desprenderme de un destino de gitanos que se supone es el señalado y con el que no estoy de acuerdo.
No sé de tu rostro, ni de tu olor, ni de tu sonrisa. Por alguna razón, sé que me acompañas en la ausencia y me basta con imaginarte.

Siempre he querido pensar que una presencia me cuida. Un algo suave, con movimiento lento y un poco distante...
¿Podrías ser acaso lo que me pone a pensar una decisión más de una vez?
Nunca he podido explicarle a nadie qué lo produce. Te culpo por eso... después de todo alguien debe asumir esa responsabilidad.
Sinceramente creo que a veces pensar tanto finaliza en el agotamiento y la decisión más acertada es lo que menos termina importando.
Mira a dónde hemos llegado... solo por escapar, adelantamos lo impensable.
Hay querida Helena, quiero que sepas que estás es mi cabeza, con mis deseos más puros y en el recuerdo que se perpetua para siempre. Aquel que queda en la sangre. El que desgarra y nunca se olvida.
Eres una mezcla de ternura, eres el producto de la aventura.
No sé qué podría enseñarte sobre la aventura, tal vez ni siquiera yo he tenido la mía.

Tal vez me duele pensarte dormida entre redes y como buena sirena, quedaste atrapada y no puedes salir.
Sin duda alguna, un solo canto tuyo sería el fin...
Helena, el universo todavía es tu casa y el viento quien te acompaña. Por eso hoy te devuelves, sin rencores, sin remordimientos.
¿Puede saberse algo confiable del viento?
Quizá, querida...
Él nunca te va abandonar. Estará siempre para ti y cuando sea el momento te va avisar.

De haber tenido otra posibilidad, seguro te hubiera llamado Helena. Como aquella diosa. Serias un acertijo de la belleza, una chica digna de tu procedencia. Por ahora solo un poco de todo y de nada también. Muchas palabras que no llevan a nada, pero que dicen un poco de todo.

Ya llegará el momento Helena, esta vez solo puedo agradecerte tu ausencia y ganar tu estadía.

¡Te deseo un buen viaje!

¿El poeta danes!

jueves, 15 de marzo de 2012

Suspiro

Quisiera poder abrazarte hasta que nuestros brazos se cansen de luchar por mantenerse juntos.
También quisiera poder besarte hasta que se me hinchen los labios.
¡Pero no puedo mentirte! Por estos días disfruto de tu ausencia, pues ahora, prefiero imaginarte que sufrirte.
Me consuela saber que existes y aunque por ahora sea en lo más recóndito de mis pensamientos, espero que llegue un momento en el que las fuerzas cósmicas o los rumbos de esta vida loca… ¡como prefieras llamarlo! nos junten por fin y podamos simplemente dormir bajo ese cielo alcahueta, al que no se le puede negar nada y lo permite todo.

sábado, 10 de marzo de 2012

En el Oriente está guardada una Concha preciosa


Al recorrer las diversas carreteras de esta extensa Antioquia, una colcha de retazos de diversos colores, acompaña y alegra el recorrido. 

El verde es el principal color. 
Amarillos, morados, rojos, todos colores vivos, representan que aún en esta época de globalización y “progreso”, prevalece una forma de vida campesina que ya cansada de la violencia, el desplazamiento y los abusos, retorna a sus tierras para comenzar de nuevo.

El Oriente antioqueño ha sido protagonista de ese retorno, es una de las regiones que más ha sufrido de las consecuencias de la violencia y cada uno de sus municipios está desarrollando estrategias para poder garantizar una vida digna a sus nativos. 
A 75 kilómetros de la ciudad de Medellín se encuentra el municipio de Concepción, o La Concha, como coloquialmente se le conoce. Este pueblo posee una extensión de 167 kilómetros cuadrados, limita en el norte con los municipios de Barbosa y Santo Domingo, por el este con Alejandría, por el sur con El Peñol y San Vicente, y por el oeste con Barbosa.

Inicialmente este territorio estaba ocupado por indígenas tahamíes y caribes y al descubrir que entre sus montañas había oro, llegaron pobladores colonos sobretodo de Santa Fe de Antioquia hace 300 años, para aprovechar las minas y asentarse en el lugar. Hoy se conoce como Concepción, la nombraron Real de Minas de la Inmaculada Concepción y con el tiempo el nombre se transformado de tal manera, que en terminales de trasporte solo le entienden si dice que va para La Concha.

Uno de los personajes más representativos que llegaron, era el capitán español Diego Fernández de Barbosa, por quien más adelante se le atribuiría al lugar el nombre de Hatillo de Barbosa o Potrero de Barbosa. Nombres que en la actualidad, comparten algunas localidades vecinas. Otra de las particularidades que tiene la historia de Concepción, y que va a ser determinante en el nacimiento y desarrollo de su identidad, es que dentro de esos colonos había muchos devotos de la Virgen de la Inmaculada Concepción. Va a ser en honor a ella que van a nombrar algunas de las minas y más adelante, al pueblo como tal.

Llegar
Una brisa suave es la encargada de dar la bienvenida cuando al llegar, uno se enfrenta con un pueblo impecable y tranquilo. El sonido de los pájaros y la sensación de respirar un aire diferente al de la ciudad, es clave para olvidar el trayecto de casi de dos horas por la carretera destapada.
Pero Concepción tiene varios problemas. El acceso al pueblo es grave y aunque se han mandando peticiones a la Gobernación para mejorar y pavimentar la carretera Medellín-Concepción, este es un tema algo utópico del que la gente prefiere no hablar demasiado, ya sea por temor a lo que representaría tener que fortalecerse en turismo, o por la tristeza que les da saber que no son una prioridad para el departamento de Antioquia.

“La pavimentación de las carreteras que nos unen a Medellín por San Vicente y por Barbosa, han sido un anhelo de nuestro pueblo que siempre se ha visto frustrado por la desidia de los anteriores gobernadores”, expresa José Toblas Salazar, periodista del periódico La Concha.
El camino es intransitable y en invierno empeora dejando al pueblo incomunicado. Lo que se pide en la actualidad es que la carretera sea ampliada y pavimentada, de manera que pueda transitarse con tranquilidad y no se afecte ni el transporte, ni las comunicaciones.
“Esta petición ha quedado en el vacío hasta este momento. Las administraciones pasadas siempre nos han prometido solución al problema, pero se han olvidado pronto de nuestra evidente y urgente necesidad”, finaliza el periodista.  
En teoría viven 4.500 habitantes en La Concha. Personas tímidas pero al mismo tiempo amables que no tienen ningún reparo en prestar algún servicio a quienes llegan. Una de las impresiones al llegar, es la evidente falta de carros, adultos, niños y de jóvenes, menos.   
Como si fuera poco, este municipio cuenta con hermosos paisajes, la plaza colonial más linda del Oriente antioqueno e historias populares que tanto añoramos los paisas; pero por las actuales vías no se puede pensar en turismo, ni en comercio, ni en desarrollo económico o social.
A la plaza la compone una arquitectura colonial que desde 1771 prevalece y logra mimetizarse de tal manera, que uno cree estar en un sueño. Casas de techos altos y balcones anchos de todos los colores, es la continuación a la relajación visual.
Hay muy buenos recuerdos de la gente y por un momento, tanto por la topografía, como por la manera en la que hablan de su pueblo, podría compararse ese paisaje y sus habitantes con la película y los personajes de “Qué verde era mi valle”, de John Ford.  Es un ambiente placido, sin duda un lugar para tener hijos.  Pero desafortunadamente el problema además de las vías, es que en la actualidad tienen un grave problema social con los niños y jóvenes. 
“Desde hace cinco años se está viendo mucha droga. No hay voluntad de las autoridades para brindarles oportunidades a los jóvenes y actividades a los niños. La mayoría de la gente que vive aquí, no tiene el dinero suficiente para enviar a los muchachos a estudiar a Medellín cuando terminan el bachillerato y esto produce demasiado tiempo libre”, opina Gabriela Zuluaga, habitante de La Concha.
Aunque la mayoría de la población la componen viejos de sombrero y pocho o señoras bajitas y recatadas, de vez en cuando un niño o una joven pasa y rompe con la cotidianidad. Lo que da mucho qué pensar, es que debido a la falta de espacios y actividades culturales y educativas, tanto niños como jóvenes desarrollan oficios y actividades de adultos. El problema no es de infraestructura, todas las veredas tienen escuelas; las dificultades se evidencian en los pocos proyectos que hay para los jóvenes con el agro, haciendo que estos ya no quieren estar o trabajar el campo.
“Ahora estudio, tengo 15 años y estoy en octavo. En mis tiempos libres me dedico a la minería en Catea, pero hay muchos amigos míos que están metidos con droga y están empezando a robar en las casas para poder consumir, Ese fue un regalo que nos dejaron los paramilitares”, expresa  Gabriel Valencia, joven del pueblo.
Volver
Debido a la situación de violencia inicialmente con la guerrilla y después con los paramilitares, la dinámica social de Concepción es compleja y aún no se recupera. Cuando las masacres empezaron había 7.500 personas viviendo en el pueblo. Ahora, entre los que permanecieron y han ido llegando con la esperanza de establecerse y comenzar una nueva vida, hay alrededor de 4.500 habitantes.
“El conflicto aquí tuvo varias particularidades; en la etapa final a la gente le tocó sobrevivir al bloque Metro, el Cacique Nutibara y Héroes de Granada. Cada uno de esos bloques paramilitares tuvo incidencia en las masacres, desplazamiento y el conflicto”, comenta Haicer Orozco, Personero de Concepción.  
Sin embargo, según el Personero, en Concepción no se dio despojo de tierras; los casos de desplazamiento fueron aislados y ninguno de los procesos de violencia es comparable con otros lugares del departamento, como San Carlos, San Luis o Granada.
Las razones que más pesan para el retorno, son la tranquilidad, el silencio, los paisajes, la arquitectura colonial, los ríos y volver al terruño. Las personas se están devolviendo por que creen que es un buen lugar para estar tranquilos.

Parece mentira que todavía existan lugares donde el tiempo parece detenerse. Pero al no tener una buena oferta de empleo, la gente trabaja y vive con las “uñas” y los borrachos, recostados en las calles evidencian un problema social al que hay que ponerle atención. 

La poca producción es para suplir la alimentación básica, lo que sobra va a las tiendas del pueblo; la otra posibilidad de trabajo sería la minería y la elaboración de textiles, pero todos estos son empleos informales que no generan mayores ingresos. 
Concepción todavía es un pueblo conservador en sus tradiciones y liberal en su política, donde además se le teme al turista y se le considera el peor de los depredadores. Sus habitantes esperan que al problema de los jóvenes y a las carreteras se le preste atención y que a más tardar este año, las dinámicas empiecen a cambiar para mejorar.
“Como pintor, yo decidí regresar por la tranquilidad y porque vivir en un pueblo es más económico, sobretodo ahora que tengo una niña; pero Concepción tiene muchos problemas ahora, y en mi caso, no es que no esté de acuerdo con fortalecer el turismo, pero opino que primero debería desarrollarse una cultura turística para la población, y después sí pensar en arreglar las carreteras”, finaliza Rafael García, artista y habitante del La Concha.

lunes, 6 de febrero de 2012

Un recuerdo elevado

Elevar un cometa no sería posible sin una mañana clara y abierta como lo estaba este domingo. Después de tanta lluvia, pensé que iba tener que cambiar de idea, pero al ver los rayos de aquel sol intenso, la luz fue el pie derecho con el que el día comenzó. 

El parque Juanes de la Paz sería el lugar indicado para intentarlo. Nos ubicamos en el barrio Castilla y aunque no somos expertos, ver los niños con sus padres, los abuelos enternecidos, los amigos, todos unidos en una sola idea, dije: al carajo, vamos a elevar esa cometa. Fue inevitable, me dieron ganas y un montón de recuerdos de mi niñez invadieron mi cabeza por los minutos en que mi hijo, negociaba con un vendedor local la de nosotros.

Al mirar al cielo, una explosión de colores me dejaron sin aliento. De fondo teníamos un cielo azul y medio despejado, las nubes se abrían con todo tipo de colores y le daba una decoración especial al lugar. Amarillos, verdes, rojos, naranjados, todos unidos para darle vida a ese viento juguetón que movía las cometas de un lado para otro.

Me dispongo pues a elevar mi cometa. “Cuidado con las lámparas de luz” me grita sonriente un señor con cara de experimentado al ver mi cara de, “cómo diablos se eleva esto”.

Al ver los cadáveres de cometas que un día intentaron volar, pero que quedaron presas en las lámparas de luz, me asusto un poco. Mi hijo, con más idea que yo sobre el asunto, la abre, la desenvuelve con sumo cuidado y entre los dos comenzamos a soltar la pita para empezar a correr.

De color azul rey, apenas el viento llega a donde estamos ubicados y toca sus lados, ella se mantiene firme y con ganas de subir.

Un recuerdo se hace presente mientras veo a mi hijo. Cuando pequeña mi único tío nos llevaba a una manga ubicada en un morro cerca de casa (Calasanz) para hacer lo mismo. Mi tío se fumaba un cigarrillo extraño y mis primos y yo corríamos y gritábamos como locos incontenibles cuando se elevaban las cometas.

Ante tanta libertad y tranquilidad otra vez presente, solo puedo sonreír e intentar que esa nueva generación reproduzca recuerdos iguales o incluso mejores que los míos. Al final del día ya nadie daba un peso por nosotros de lo sucios y cansados que terminábamos, nos recostábamos en la manga a observar las nubes y a identificar que formas contenían.

Debido a la inseguridad nunca pudimos volver al morro de mi barrio los domingos. Cuando ya las cosas habían mejorado, el tío nos seguía proponiendo el "parche", pero éramos adolescentes tan ocupados con los novios y novias, que ir a elevar cometas era muy “boleta”.

Así fue como la costumbre fue olvidándose, el tío nunca más volvió a insistir hasta este domingo en el que José lo invitó y él no podía de la emoción.

Un nudo insoportable se convierte en motivo de frustración para mí y para José. Después de un rato, entre los dos intentamos de nuevo. Pensamos, “una cometa sencilla como la que teníamos no va llegar al cielo”, pero cuando por fin se elevo y cada vez pedía más pita para seguir subiendo, nos miramos y sonreímos como si fuéramos los dos un par de niños, quien más allá de pensar en el método indicado, simplemente goza de una cosa tan sencilla, de una experiencia que no vale más de dos mil pesos y que en mi caso, logra contagiarme esa sensación de libertad cuando al verla, está cada vez más firme y cerca al sol.

No hay una forma adecuada en este momento para describir lo feliz que me siento, al estar con mi hijo de tres años y sentir por un momento lo mismo que cuando era niña. Aunque fue por un instante, sentí las mismas sensaciones de felicidad, susto, impotencia o alegría, cuando la condenada cometa azul rey parece tocar las nubes y no quiere obedecer a la pita.

Como es de esperarse por estos días, una gota pequeña y suave de agua cae en mi cara para anunciarme que la lluvia llegará pronto. A medida que la cometa desciende, con ella también bajo yo a la realidad, pero a diferencia de la llegada, con un muy buen humor le anuncio a mi hijo que es hora de irnos.

Sara volvió a ser niña, pero también mamá. Una niña mamá que no puede permitirse gripas o catarros, así que recogemos a toda prisa la pita y envolviéndola lenta y con cuidado, la enrollamos y la guardamos en la maleta con la promesa de volver.


El rincón del zapatero

Jorge Alberto Torres está próximo a cumplir 47 años y 22 de ellos, los ha dedicado a ser zapatero en el barrio Calasanz.
“Cuando chiquito quería ser grande. No mentiras, quería ser conductor”, dice con algo de humor melancólico por su próximo cumpleaños, mientras pega con sumo cuidado el cuero de una sandalia.  
Jorge nació el 20 de octubre de 1964 en Medellín. Actualmente vive en Manrique Oriental junto a su esposa Marina Garzón y su hija de 22 años, Jenny Cristina. Ellas son motivo de alegría y compromiso. Jorge cuenta que no hay mayor satisfacción que llegar a la casa y al menos poder tomarse una aguapanela con ellas. 
Entre la pulidora, ampliadora y máquina de coser, todos los días se comen el almuerzo frío, y hay que verlo, porque que en compañía es de esas comidas que no sabe maluco. Es frío por que a la hora del almuerzo precisamente es que llegan muchas clientas a dejar o reclamar pedidos. "Maluco que lo encuentren a uno oliendo a huevo y papa". 

Este es un oficio que practica desde los 13 años. Sin mucho dinero en el hogar, Jorge y casi todos sus hermanos, se vieron en la obligación de dejar los carros y aprender un oficio para ayudar con la economía del hogar a su mamá. Empezó en una fábrica de calzado y allí aprendió todo lo que sabe y lo que le permitió hacer más adelante su propio negocio.
Como una persona rebuscadora, trabajó como conductor de taxi durante algunos años. “Una cosa o la otra. Había que pensar en la gasolina, llantas, el mecánico, repuestos y no alcanzaba a cubrir todos los gastos, así que mejor me dediqué a esto y hasta ahora, no me arrepiento”.
Jorge trabaja todos los días de 10:00 am a 7:00 pm, menos los días que tiene que ir a comprar suministros a las peleterías en el Pasaje Comercial Coltejer, en el centro de Medellín. Ese es un día especial para relajarse y ver qué está pasando en la ciudad. 
Durante veinte años, estuvo ubicado entre la esquina de la Unidad Residencial Olivenza y Cerros del Escorial en Calasanz. “La vida en una esquina es muy dura, uno al sol y al agua reza para que nada de lo que me habían mandado a arreglar no se moje o se dañe. Eso es muy berraco”.
“Yo creo que hay cosas en esta sociedad que no están bien. Por ejemplo, vivir bien es muy peligroso. El día en que espacio público llegó, se les recibió de buena manera y después de un rato les dije: ¿por qué no van y molestan a los que matan y roban, porque molestan al que está ganándose la papita honradamente? y después de unas cuantas vueltas, como si nada, me dijeron que no volviera hacerme ahí o que se me llevaban las cosas”.

Pero un día la vida de Jorge cambió. “Una clienta recurrente pasó y me dijo que hablara con el padre Hernán de Jesús Sánchez, que por esos días era el que estaba como sacerdote en la iglesia Don Matías. Yo pasé y él me dijo que habían adecuado un lugar y que si quería, organizara las cositas aquí”.
Así que desde hace unos años organizó las cosas y se apropió de este espacio pagando 130.000 mil pesos mensuales hasta entonces. 
“La gente en el barrios es buena paga, traen de todo tipo de zapatos, tenis, sandalias, tacones, correas. También trabajamos con cuero, porque una persona que es guerrera no se le arruga a nada”, termina de explicar Jorge.   
A la vista un cartel de colores llamativos se expone: reparación de calzado. Anchada pegada, costura, cierre y tintura. Trabajo garantizado. Jorge Torres 3105376476.

lunes, 21 de marzo de 2011

La Diabla

Los que frecuentan el lugar la conocen como "La Diabla". 
Su nombre original es: María Miriam Romero, mide 1.50, su cabello es castaño oscuro y le gusta la lencería de cuero y los tacones de punta de aguja.
En los rígidos y helados tubos del prostíbulo Las Conejitas, ella sabe bien como robarse la atención de cada uno de los espectadores. 
Cada vez que tiene que hacer su acto, Miriam se para con firmeza en una larga pasarela llena de colores pasteles y miradas lascivas. Con toda la calma, comienza una danza excitante con "One" de Metallica y jugando con el tubo, baila lentamente para que los clientes introduzcan los billetes.    
La Diabla no es la mujer más hermosa, ni siquiera tiene el mejor cuerpo del lugar, es algo en su estilo lo que llama la atención, un no sé qué que se combina con la canción y llega tan profundo que no quieres perderte ningún segundo. 
Al rededor los hombres no modulan. Todo parece detenerse y ella sigue bailando. 

Cuando termina el acto, el proxeneta le señala el elegido. Pasa a mi lado y las estrías de su abdomen me rebelan un recorrido maternal, un recorrido que después me cuenta le ha dejado dos hijos, una niña de nueve y uno de dos. Dos niños que son su razón de ser y que piensan que su mamá sale todas las noches a trabajar en algún comedero urbano.



Cárcel de San Cristóbal

     Es extraña la sensación que tienen los viajeros al pasar por la Cárcel de San Cristóbal. Ubicada en una loma como lo están la mayoría de las cárceles de la ciudad, a primera vista parece un lugar de recreación familiar. El decorado grisáceo, las ventas ambulantes en la puerta y los niños de la mano de las señoras con olor a paseo largo despistan al que pasa por ahí. Finalmente, lo único que logra ubicarte en el lugar, son las voces con eco de aquellas almas en pena, que no suficiente con la condición de estar presos, gritan desde las diminutas ventanas como si con la llegada de sus familias hubiera llegado una especie de descanso temporal.


Roger

      Por la avenida San Juan deambulaba, como era costumbre, uno de los tantos perritos  "criollos" que decoran las avenidas y calles de la ciudad. Un perro pequeño de color amarillo y ojos negros como el petróleo era conocido en el sector de Laureles como Roger.
    Debido a que  no estaba muy bien alimentado, comía cuanta basura deliciosa a su juicio, se le atravesaba en el camino y su dueña, conocida como doña Bárbara, lo dejaba por fuera desde que era un cachorro, convencida de que el perrito estaba acostumbrado a la calle. Pero ese 14 de marzo no alcanzó a pegar el grito cuando un bus Floresta San Juan 243 no alcanzó a frenar y atravesó al perro en dos, dejando en el ambiente un chillido tenebroso que detuvo el tráfico por unos minutos y la vida despiadada de aquella larga calle.

domingo, 27 de febrero de 2011

“Libera tu alma de la opresión y tu vida será mejor”

“Libera tu alma de la opresión y tu vida será mejor”.

De miradas tranquilas y movimientos pausados, los de Reggae Roots 13 van cogiéndole las placas a cualquier chica u oportunidad de fama con la que se encuentren en la calle.
Ellos viven en la comuna 13,  venden sanduches, tejen y venden manillas de todos los colores, tamaños y formas. Hoy, de 18 jóvenes que son los que conforman la banda, vinieron tres: Peter Alexander Valenzuela de 18 años, encargado del clarinete, Yuber Alvares de 21 años, el vocalista y Yuber Vergara de 18 años, el trompetista. Entre todos y unidos por una misma idea, están conociendo y aprendiendo a tocar reggae.
Ninguno es rastafari, aunque la colectividad de su banda está muy presente en todo lo que describen de ella. A simple vista, están cómodamente vestidos. Es una pinta humilde y llamativa, y de pronto, después de observarlos detenidamente, se puede ver que tienen algunos Dreads (cabello largo y peinado en trenzas con estilo africano muy propio de los Rastafari). Sin embargo, y debido a las circunstancias en las que viven, ninguno de ellos es capaz de afrontar este estilo de vida.
Del 20 de Julio, Las Independencias, Villa Laura, El Salado, Cuatro Esquinas, Nuevos Conquistadores y de Eduardo Santos, llegan todos los de este combo espiritual a reunirse cumplidamente los martes, en la Institución Educativa Las Independencias. Lugar conseguido después de mucha gestión y rincón de una cantidad inimaginable de sueños y esperanza para estas, y las nuevas generaciones del barrio.
Su nombre inicial fue Ganya Green, pero como protesta por el vicios que se consume a sus amigos y calles y debido a que el nombre era muy controversial, decidieron cambiar a Reggae Roots. Influenciados por bandas como Zona Ganya, Gondwana, Skatalites y The Wailers o estilos como el Hip Hop, están encargados de presentarle a los niños y jóvenes como ellos, una forma diferente de conocer la música y de ver el barrio. Un mensaje donde inevitablemente, se hace un paralelo entre la libertad por parte del reggae y la opresión por parte de las armas y el vicio.
Estos chicos no se quieren quedar quietos, tienen muchas expectativas, anhelos y moral. Son un proyecto de emprendimiento cultural y por eso se la meten toda. La idea es que sus presentaciones sean instrumentales y entre todos, puedan aprender y considerar sacar sonidos digitales, compuestos por melodías y con instrumentos básicos como el bajo, armónica, trompeta y saxo.
En este momento y al caminar por el barrio, la gente ya los distingue. Saben que no perteneces a ningún combo de violencia, saben, que no son viciosos aunque sean de peinados exóticos. En este momento del recorrido de la banda, la comunidad los respeta y apoya, se han establecido como nueva opción, como un mensaje de esperanza, como un conglomerado de pelaos que quieren ofrecer otra otra cosa.

Reggae Roots no pretende arrebatarle las personas a la violencia. Saben que es difícil y más en un espacio donde hay tantas necesidades y estereotipos tan establecidos, aceptados y arraigados por la comunidad. Solo en la generación de nuevos espacios, donde la no violencia sea el eje principal y ellos encabezan la marcha como gestores de paz, podrá verse con el transcurrir de los años, los resultados positivos que todos están esperando para la comuna 13.
No hay que tocar un instrumento musical o saber cantar para hacer parte de Reggae Roots. Muchos de sus integrantes actualmente colaboran de manera indirecta, para que la banda cada día sea más estructurada y fuerte. Todos se consideran hermanos y hay un especial cuidado y atención por aquellos que han estado en reformatorios. Estos, debido a la experiencia y a ciertos temores que han desarrollado por la sociedad, no participan de muchas de las actividades, ni de las presentaciones en el escenario, pero de igual manera y como pueden, tratan de involucrarse, ya sea con la elaboración de las manillas o de los sanduches.
Sacar a relucir los talentos de los jóvenes entre los 15 y 22 años, es el objetivo de la banda, . Poder hacer una crítica constructiva desde las diferentes perspectivas de los jóvenes que habitan las comunas, es a lo que apuntan las canciones.

De los 18 que son, unos terminan el bachillerato, otros comienzan técnicas o pregrados, todos muy relacionados con la música, todos felizmente entusiasmados con lo que viene para ellos.
El lado femenino no se ha dejado a aparte para la banda. Yuliana, de 16 años, está encargada del clarinete, Marilyn de 15 años lo toca también y para finalizar, esta Alejandra encargada de la flauta. Ellas, las tres, están presente desde que se inició la banda, han hecho parte del proceso y tienen las mismas expectativas que los chicos, quienes entusiasmados con ellas, quieren que con la presencia femenina sobresalgan las voces melodiosas que ellas puedan ofrecer a las canciones.
Peter mantiene agujas de croché, no solo para hacer manillas o tejer el pelo del que se deje. Ellos caminan por las calles de su barrio, lo hacen tranquilos y sin deberle nada a nadie. Todos saben que con la idea que tienen van tejiendo nuevos caminos con destino hacia la tranquilidad y el futuro.
http://soundcloud.com/ruta4-scjmedellin/improvisacion-reggae-roots-13




Solo iba a ser una sombra

Como un gato que va sin rumbo ni hogar definido en la vida, Jimmy, es la clase de sujeto que piensa que la vida es una sola, que hay que disfrutarla al máximo, que el cuerpo hay que cuidarlo porque es uno solo, que el amor no es un impedimento para hacer las cosas que se quieren  y que el éxito que se tenga en ella, es de carácter individual.
Mientras yo me muevo en varias contradicciones conmigo misma, nunca me había imaginado cuanto se puede escribir sobre un desconocido. O lo que es peor aun. Que tanto me desconozco yo como para enfrentarme a esa sensación de la niñez de nuevo, en donde yo tengo que buscar y tratar de agradarle a alguien, dejando a un lado mi red social perfectamente establecida.
Que vueltas en las que nos pone la vida.
Para este sujeto yo no era nada, nadie, no soy la clase de chica en la que se interesa y busca conquistar. No creo que haya actuado como si quisiera impresionarme, aunque esto suene a cliché, en realidad, al pasar tan desapercibida de alguna manera, siento que llegué a algo muy profundo.
Primer día, viernes 10:18 A.M.
Jimmy Christopher Parr… todo lo que sé.
Al buscar su salón me di de nuevo contra la pared por varios asuntos subjetivos, que para una persona que se deja permear más de la vida, hubieran pasado desapercibidos. Para Sara, eran todo un mundo.
Empecemos por que había que buscar el salón, porque su profesor de entrada me hizo presentarme y explicar quién era y lo que iba a hacer.
Si, bueno... yo me llamo Sara, soy estudiante de Comunicación Social de esta universidad, voy hacerle una sombra a Jimmy, una idea de Juan José Míllas, me gusta caminar, voy a sentarme en esa silla, hay miradas extranjeras, siento desconsuelo, incertidumbre y un alumno japones que tenia una cara permanente de sonrisa, me hace sentir aun más incómoda por no poder reírme en su cara.   
Pasaron varias horas y dejé de sentirme así, entonces entendí varias cosas: Jimmy es de Estados Unidos, de Washington capital, tiene 24 años, le encanta viajar y cumple a carta cabal el estereotipo del alma libre. Lástima que en este caso, su tiempo y disposición dependan de lograr pasar un examen para su pregrado en Relaciones Internacionales.
Es de esas personas que te confunden. Parece estar muy concentrado pero es absolutamente distraído, aunque es totalmente entendible debido al tema de la clase. No habla mucho, pero da apuntes sin sentido. Es gracioso y siempre trata de estar lo más cómodo posible. No le interesa preocuparse, en realidad su vida ha sido demasiado cómoda como para preocuparse por algo ahora. De vez en cuando mueve la cabeza, acomoda los pies y todo en él se mueve en una ambivalente burbuja de Amabilidad, Distancia y Disposición. Es muy extraño... 
Rizos cortos y dorados, ojos verdes, piel blanca. Este “man” no camina, vuela, huele a sándalo, pero como si no fuera complicado olerlo por la distancia o la indiferencia que hay entre los dos, a veces huele a lavanda. Lo único que pienso es:  "este man es toda una trapeadora".
Su clase acaba, el almuerzo, menos mal, estaba muriéndome de hambre y de aburrición.
En el restaurante los dos pedimos lo mismo. Él, cómo cuida su figura más que yo, come una ensalada adicional. Yo lo observo, escribo cosas, y continuamos la tarde en más clases de español.  Respiro profundo y pienso en lo difícil que es adecuarse a otro idioma. Preposiciones subjuntivas, que forma de pasar un viernes en la tarde cuando se tienen 22 años. “Para mí no hay nada más importante que el tiempo para estudiar. Es un espacio sagrado y sin importar en qué lugar del mundo esté, no permito que nada se entrometa”. 
Su profesor es más amable que en la mañana. Los dos estamos sobresaturados de sustantivos, adjetivos y la clase finalmente acaba después de dos largas horas. Yo fumo un cigarrillo y nos acostamos en unos sillones en la biblioteca. Hablamos de música, sitios de la ciudad, la conversación es bastante agradable. “Nunca he ido al centro. Varias personas que conozco me han hablado de él y no es un lugar que me llame la atención. La verdad me parece peligroso”
Jimmy es perezoso. Fuma de vez en cuando, tiene buena disposición en su estudio y trabajo, es simpático y sabe bien como capturar la atención de una que otra grilla por ahí. Todo se basa en esa pose de extranjero difícil. Al parecer nada importa y si algo llega por añadidura de la vida, es bien recibido.
Ya han pasado 4 horas, y todavía sigue siendo un perfecto desconocido. No es fácil descifrar a alguien, es como al principio, absolutamente distante. Por lo general hay una muy buena actitud. Yo pienso, Dios, no está con su familia, se la ha pasado viajando muchos años, terminó con su novia hace unos meses, está en un país que no es el suyo, ¿Cómo hace para seguir?
Nos reímos mucho rumbo a la “Academy”. Espero que sea diferente a lo de la mañana. Cuando caminábamos le pregunté si estaba hastiado de mi… Muy amablemente me responde: “si quieres puedes venir a la clase, estás más que invitada”. 
De pronto empezó a interesarle lo que he escrito todo el día. Mira las notas, me pregunta cosas. Que situación más extraña. Si hubiera sabido lo que pasaría este día, lo hubiera pensado un poco mejor cuando me delegaron esta sombra en mi clase.
Casualmente tenemos muchas cosas en común. Música, formas de ver a la gente, películas y los dos siempre estamos de afán, aunque debo reconocer que él es de un suicida impresionante. Se le abalanza a los carros como si estos no pisaran o mataran.  Esto me asusta un poco.
Su estudiante se llama Natalia. Es ingeniera y está en un nivel bastante avanzado. Ha sido dedicada y eso le gusta a Jimmy. Al llegar al centro ella lo llama para avisarle que se demoraba un poco, él lo único que le dice es: “Natalia, is your time”. La clase es de 5 a 7. Cuando esta chica llega, la clase empieza, nos presentan, él le explica una serie de cosas, yo no entiendo un comino y comienzo a mirar alrededor. Leo una flecha que dice, evacuation route. Río cuando en una oración escucho ebrias. Entonces pienso, si, ebria debería estar yo este viernes con mis amigas. Trato de poner atención a su clase, pero soy una ignorante que solo ríe en silencio. Él le pasa una simulación de examen; "take a moment" y yo me despeluco un poco.
No me siento aprisionada a pesar de la lluvia, estoy feliz. Sigo mirando a mí alrededor y veo una abejita mal dibujada con un letrero muy acorde a el momento: "dont beelate" y ahora sí quiero salir de ahí. 
Al dar la clase es paciente, gracioso, corrige constantemente a Natalia. Veo letreros por todos lados, es una casa grande, vieja, pero bien reformada. Tiene una luz artificial que incomoda un poco mis ojos, pero esta tarde todo lo soporto. ¿Ya mencioné que toda la clase es en inglés?
Lo he hecho reír varias veces. No le gusta que le invadan su espacio. Lo que es una contradicción conmigo aquí. Es bastante grosero en su idioma y de un momento para acá, le interesa hacerme reír. 6:30 pm y llueve torrencialmente.
Al final de la noche lo acompaño a comer a Picolo. Hablamos de cine, tomamos una cerveza y me considera su amiga. Le explico que no quiero atropellar su intimidad y que esto solo es una sombra. osea, un trabajo de la universidad.
Nos despedimos y al montarme al bus, pienso que mientras muchos jóvenes como él están en Estados Unidos midiéndose esos trajes elegantes hechos a la medida, que van a acompañarlos por el resto de su vida, o consiguiéndose una linda esposa para decorar la casa del ostentoso suburbio, este chico esta aquí, en Medellín, queriendo romper el esquema del gringo que viene  a consumir droga o a levantarse viejas.

Así que me agrada. 
Segundo día
En medio de encuentros esporádicos en la universidad, quedamos un día en que iba a conocer su casa. Quizás porque no puedes hablar de alguien hasta que no ves cómo vive, en dónde duerme, qué lee, qué música escucha, cómo se relaciona con la gente con la que convive, qué televisión ve, etc. 
 Miércoles, 3:25 P.M.
Nos encontramos. Yo termino un tinto y el come sandia. Ahora ya hay un poco más confianza. Caminamos alrededor de siete cuadras y yo me desespero un poco, no porque no me guste caminar, si no porque me molesta cuando no sé hacia donde voy.
“Un edificio familiar llamado Barioska, por el segundo parque de Laureles”. Me dice al rato. 
Subimos hasta el cuarto piso, estaba llena la casa pero la gente era muy amable. Hablamos toda la tarde, miro su cama y parece nervioso, prende el televisor, ESPN, sus libros: literatura, novelas, Paulo Coelho, cuentos…y en ese momento, como si me hubiera atropellado un carro, vuelvo a mirar ¿Paulo Coelho?
 Me siento un poco mareada y me levanto para ir al baño. Cuando vuelvo, la actitud de él hacia mí había cambiado, y no sé por qué, su habitación empezaba a oler a loción de hombre.
Obviamente al proponerle que me dejara ser su sombra tenía cierta malicia, lo reconozco. Yo quería conocer a ese man sexi y extranjero engreido, pero no había de mi parte un interés grande como finalizarar en un beso, encuentros esporádicos o simplemente sexo. La atracción no era tan fuerte como para eso.
¿Sara, además de ser mi sombra, qué más quieres?
Huy
Pragmatismo
Sara... Sara sale despavorida.
Quizás por todo esto, escribir esta sombra se me volvió problemático. Durante algunos días los papeles se cambiaron y fue él quien empezó a ser la mía.
Llamadas, regalos, shows de celos por otros manes con los que tomaba tinto. Jesús, que situación más incomoda.
Querrás saber que no fui capaz de romper su corazón, así que de una manera muy educada y al mejor estilo de grilla tercermundista que soy, le hice saber que no me interesaba, que lo apreciaba, pero que solo había sido un trabajo y que en este papel iba a quedar solo la experiencia de haber compartido con un perfecto desconocido. Esto Jimmy, solo iba a ser una sombra.